Carmen y el verdulero
Una mujer casada de mediana edad comienza a fantasear con el joven verdulero que conoce.
CONFESIONES DE INFIDELIDAD
11/30/20255 min read


Carmen era un ama de casa ideal: siempre tenía la casa limpia, la ropa de su esposo lista, la cena caliente y hasta paseaba al perro todos los días. Sin embargo, notaba que algo andaba desordenado y no era precisamente el cuarto de su hijo adolescente, sino algo visceral, que sentía en su carne y la atemorizaba. Había practicado yoga y metafísica, pero no lograba sacarse "eso" de la cabeza. El psicólogo le propuso indagar en su pasado, pero Carmen no quería revólver; para ella lo pasado estaba pisado y sepultado. Solo tomaron las pastillas contra el estrés que le recetó su psiquiatra, cuyos efectos eran relativos.
A todo esto, se le sumaba la abstinencia sexual a la que su esposo la sometía: siempre estaba dormido o muy ocupado coordinando cirugías. Él era un cirujano importante y sentía que todo debía pasar por sus manos.
Si bien ya no era la hermosa chica de veinte años, todavía conservaba sus curvas y la firmeza de sus pechos con pezones de frutilla, como le decía un exnovio que desechó por Roberto, su actual esposo, quien le ofrecía una vida más cómoda y segura.
Desde hacía tiempo, Carmen no podía dejar de mirar a Kevin, el joven ayudante del verdulero. El chico no era un galán, su vocabulario era el de la calle, donde había crecido y aprendido rápido las verdades de la vida para poder sobrevivir. Por más que lo negara, Kevin le atraía, quizás porque le gustaba que se refiriera a ella como “mi reina” o por su físico musculoso que exhibía los días de calor y que fortalecía día a día realizando ejercicios en la calle.
El chico no era ningún tonto. Sabía que esa mujer lo miraba con otros ojos y le gustaba sentirse deseada por esa pituca que le hablaba lindo. En recompensa, él le escogía las mejores frutas.
—"Lindo culo tiene la veterana esa, Kevin. Míralo cómo lo mueve, para mí quiere con vos"— le dijo su patrón, Don Cacho, con sonrisa cómplice.
—"No, Don Cacho. ¿Qué se va a fijar esa manteca en mí? Hay que tener mucha plata para comer eso"— respondió él, mirándola como quien ve algo que nunca tendrá.
Lo que no sabía Carmen es que ese coqueteo con Kevin iba creciendo dentro de ella, como una enredadera que lo cubre todo, en este caso, su conciencia.
Lo cierto es que esa tarde, Carmen, aprovechando que estaba sola, empezó a fantasear que las manos de Kevin eran arañas recorriendo su cuerpo y metiéndose en sus ranuras, haciéndola delirar de placer. El timbre la trajo a la realidad. Era su hijo que, como siempre, se había olvidado las llaves. Esta vez se lo perdonó. ¡Qué bochorno hubiera sido que la encontrara con los dedos en la vagina!
Los días pasaban y el deseo ya no tenía máscaras. Se imaginaba haciendo el amor con Kevin en el jacuzzi, o en plena feria, entre los cajones de papas y lechugas, a la vista de todos. Al principio se calmaba masturbándose , pero luego eso no bastaba; la dejaba tan insatisfecha como el imbécil de su marido que se pasaba mirando los videos porno que sus amigos le pasaban por WhatsApp.
Ese viernes de verano, la casa le parecía inmensa. Su esposo se fue a un congreso médico a Córdoba, no regresaría en días, y su hijo aprovechó las vacaciones en las playas de Pinamar.
Estaba sola, sí, por fin un tiempo para ella. Llamó a sus amigas, pero todas tenían compromiso. Igual no se desanimó como otras veces. Se puso esas calzas negras que resaltaban la redondez de sus caderas y una blusa blanca escotada que le marcaba los pezones , y así salió rumbo a la feria con una actitud que habría reprobado en otro momento. Se sintió diferente. "Hoy voy a dejar que me piropeen todo lo que quieran en la calle, eso levanta la autoestima", se dijo mientras se acercaba al puesto de verduras.
Cuando Kevin levantó su mirada, quedó impactado. Aquella mujer lucía distinta, quizás por su escote, o por sus curvas, o por todo junto.
—"¿Cómo estamos hoy, mi reina? ¿Qué va a llevar?"— saludó el joven con el torso desnudo que tanto le gustaba a Carmen.
Ella hizo una compra mucho más grande que la habitual y era evidente que sola no podría con todas esas bolsas.
—"No sé si podré con todo"— exclamó ella pidiendo ayuda.
—"No se preocupe, señora, le presto al Kevin para que la ayude"— respondió Don Cacho, viejo lobo de mar que sabía lo que estaba ocurriendo. Si algo tenía un favor Kevin era que se hacía querer por la gente, por eso su patrón le permitía ciertas libertades como estas.
—"Tomá, ponete la remera, chambón"— le tiró Cacho a su empleado, que la cazó en el aire con actitud ganadora.
Mientras caminaban, la respiración de Carmen se aceleraba y su sonrisa tonta la delataba: había vuelto a la adolescencia.
Apenas entraron, ella se agachó a tomar las llaves que se le habían caído, mostrando su enorme trasero . Kevin soltó las bolsas, la tomó de la cintura y la trajo para sí. Ella sintió algo duro entre sus nargas y suspiro.
—"Kevin, ¿qué... qué haces?"— dijo temblorosa Carmen sin retirar su trasero de ese rico lugar.
—"Dándote todo mi amor, bombón"— respondió el joven apoyándola contra sus ingles.
Él se sacó la remera y se bajó la bermuda. Su pene cabezón quedó al descubierto, mirándola fija como una serpiente hipnotizada a su presa. Paralizada, Carmen no sabía qué hacer. El físico de ese joven le atraía tanto como el miedo que sentía. Sabía que si daba ese paso, no habría vuelta atrás.
Kevin entendió que no estaba frente a una cualquiera. Su mirada, su actitud de niña desprotegida, despertó ternura en él.
Le acarició una mejilla suave como un durazno y luego la besó intensamente. Siguió por el cuello, mientras sus manos recorrían aquel cuerpo que explotaba como un 31 de diciembre.
Carmen tocaba aquel cuerpo musculoso, maravillada. Ya para entonces, los diques de la represión se fueron rompiendo y ya nada la haría volver atrás.
Al verla desnuda, Kevin no pudo contener su exclamación que sonó como un grito de guerra: —"¡Mi reina, te voy a hacer toda mía !"—
Las manos toscas del joven acariciaban sus nargas , mientras su enorme boca succionaba sus pezones , arrancándole gemidos de la boca a Carmen, entregada totalmente a aquel goce.
El joven se deleitaba con aquellos pezones erectos; cuando no mordisqueaba, lamía o amasaba esas deliciosas tetas de mujer madura.
Carmen tomó su pene reclamándolo para sí. Lo presionado para sentir la dureza de ese miembro que ella había puesto así. Lo masturbó un rato y sin dudarlo se arrodilló y se engulló todo el pene . El verdulero recibió una descarga de 2.000 voltios de lujuria; la pared tuvo que sostenerlo.
La de colegio privado y finos modales mamaba la pija con la experiencia de una prostituta . Su lengua recorría el tronco, el glande y los suaves huevos con entusiasmo.
Se acomodó en el sofá porque, después de todo, el dormitorio seguía siendo un lugar sagrado.
Carmen tomó el pene y se lo introdujo en su vagina , mientras miraba lujuriosa el cuerpo de su joven amante que no dejaba de acariciarle las tetas y decirle lo linda que era.
Esa varita de carne iba convirtiendo rocas de insatisfacción en lava ardiente que brotaban en sensuales quejidos, mientras el sudor bañaba los cuerpos desnudos de los amantes en frenético movimiento.
La madre y esposa abnegada había dejado de lado sus obligaciones domésticas para cabalgar como una amazona, libre por campos de lujuria y deleites de la carne que creía perdidas.
La acabada fue genial, tanto para Kevin como para Carmen, que volvió a sentirse una quinceañera, edad en la que perdió su virginidad.
