El error de mi marido.
Una mujer casada vive una noche increible cuando el hombre que tanto odiaba se presenta en su casa
CONFESIONES DE INFIDELIDAD
11/26/202519 min read


Aún sigo pensando que fue todo culpa de mi marido.
Vivimos en un barrio de clase media, bastante apacible y tranquilo, donde todos los vecinos se conocen y tienen bastante buena onda entre ellos. La mayoría de la gente es cordial y respetuosa, excepto por algunos borrachines que suelen pasar horas bebiendo cervezas en el kiosco que está cruzando la calle, justo enfrente de mi casa. Fue en ese lugar donde comenzó mi historia. Yo era y soy clienta asidua de dicho comercio, ya que es el que me queda más cerca y donde compro los cigarrillos para mi marido.
Esa tarde de verano al salir del negocio con el paquete de cigarros en mano, uno de los muchachos que estaba tomando cerveza junto a otros dos me dice:
— «Hola, Rubia, ¿no me convidas un cigarro?»
Yo, cortante como siempre, me negué.
— «No puedo darte un cigarrillo, son para mi marido.»
Y sin más palabras, seguí camino, pero al girarme y darle la espalda, oí que le decía a sus amigos:
— «Esta rubia se hace la altanera, pero después de que le parta el culo a vergazos van a ver cómo solita me va a comprar los cigarrillos...»
A lo que los otros se estallaron en carcajadas. Indignada, pegué la vuelta y volvió hacia ellos y, parándome de frente a él y mirándolo desafiante a la cara, lo increpé:
— «¿Qué dijiste, idiota? ¡Ya vas a ver! ¡Le voy a contar a mi marido!»
Él, sonriendo, se burló:
— «¡Ayyy, qué miedo! ¿Tu marido no es ese pequeñito que tiene el taller de herrería?»
Furiosa ante la burla sobre la estatura de mi marido, le contesté:
— «¡Sí! ¡Ese mismo! Y a pesar de su baja estatura, se sabe defensor muy bien, así que si sigues molestándome, te la vas a tener que ver con él.»
Lo amenacé, pero él se siguió burlando.
— «Mirá, enana, igual que tu marido... mejor te vas para tu casa, porque si sigues acá se me va a poner dura la verga y te voy a coger el culo acá delante de todos.»
Los otros reían a carcajadas. Enfurecida, pegué media vuelta y salí para mi casa, pero al alejarme, oí que él decía:
— «¡¡Mira! ¡Mira! ¡Encima que tiene un culo precioso, lo mueve como una puta!»
Más enfurecida aún, me marché rápido para casa. Mientras lo hacía, pensé en contarle a mi marido lo sucedido, pero luego desistí, ya que no quería que lo lastimaran, pues mi marido tiene mi estatura, apenas 1,60 mts, y el morocho que me faltó el respeto medía casi dos metros y tenía unos brazos enormes. Así que al regresar no le conté nada.
Al día siguiente, a eso de las seis de la tarde, salgo a barrer la vereda. Como hacía muchísimo calor, lo hice sueltita de ropa: un short elastizado rojo, ojotas y una remera de algodón también de color rojo. Ni bien salí, escoba en mano, me di cuenta de que mi atuendo no era el adecuado, porque enseguida me comenzó a silbar ya chistar los borrachines que estaban, como siempre, bebiendo en el kiosco de enfrente. Obviamente, los ignoraré como siempre y no les di demasiada importancia.
Cuando volví a entrar a mi casa, mi marido me pidió que le fuera a comprar sus cigarros. Con pocas ganas acepté, pues ya sabía lo que me esperaba al cruzar la calle.
— «¡Hola, caperucita! ¡Qué lindo que te queda el rojo! ¡Quiero ser tu lobo!» —bromeó el grandulón de siempre.
Ni lo miré y me metí dentro del negocio. Como siempre, me atendió muy amable Don Raúl, un hombre de 55 años, el cual llevaba más de la mitad de su vida atendiendo ese negocio.
— «Hola, Julieta, ¿qué necesitas?»
— «Cigarrillos, Raúl, los de siempre.» Luego agregué: — «Raúl, ¿le puedo hacer una pregunta? ¿Cómo se aguanta todos los días a esos negros borrachos que tiene ahí afuera?»
Él, mientras me alcanzaba el paquete de Marlboro, y con una sonrisa picarona me dijo:
— «Muy simple, vecina, son los que más gastan en mi negocio. Aparte, que te digan cosas bonitas te deberían poner contenta. Toda mujer hermosa merece ser halagada.»
— «No me dicen cosas bonitas, Raúl, ¡me dicen todas groserías! Aparte, usted sabe que soy casada.»
Sonriendo, me dijo algo que nunca se me había ni siquiera cruzado por la cabeza:
— «Mira, Julieta, todos en la vida tenemos alguna aventurita extramatrimonial, algún día la vas a tener...»
— «Usted está loco» — le dije y pegué media vuelta para salir del negocio. Cuando lo hice, vi que estaba en la puerta, bloqueando con sus brazos la salida, el mismo grandulón atrevido de siempre.
— «¿Me deja salir, idiota?» — le dije, con tono desafiante.
— «Sí, mamita, te voy a dejar salir, pero antes te voy a decir algo: ¡tu culo me vuelve loco! Así que ahora, cuando cruzas para tu casa, quiero que lo muevas como una putita barata...»
— «¡Déjame salir, negro feo, borracho idiota!» — lo insulté.
Él me dejó salir y cuando pasó por su lado me pidió:
— «¡Vamos, putita, quiero verte mover ese culo!»
Me detuve y lo increpé como siempre:
— «Pero vos, ¿quién sos? ¡Negro barato! ¡A mí no me des órdenes!»
Él sonriendo me sugirió:
— «Mirá, putita, hagamos una cosa: si vos te vas moviendo el culo como yo te pido que lo hagas, mañana cuando vengas te voy a desde la boca de un beso... y si te vas y no lo mueves, listo, yo no te molesto más, ¿ok?»
Antes de responder, noté que sus amigos estaban grabando la escena con sus teléfonos celulares.
— «Ok, negro de mierda, yo no voy a mover nada.»
Y me fui, caminando normalmente como lo hacía siempre, pero enseguida me sorprendió lo que decían los muchachos:
— «¡Ay, nooo! ¡Mira cómo mueve el culo la puta! ¡Qué hija de puta que es! ¡Cómo menea el culo la putita! ¡Sí, mi amor, sigue moviendo el culo así!»
Exclamaban exaltados. Yo no entendía bien qué pasaba, yo sentía que caminaba como siempre, o tal vez mi forma de caminar era un poco exagerada y yo no lo sabía... me metí en casa y no volví a salir en el resto del día.
Al día siguiente, no sé por qué, pero estuve todo el día pensando en el grandulón que me acosaba. Sabía la hora que ellos siempre llegaban al kiosco, entonces antes de que ellos lo hicieran, le preguntó a mi marido si quería cigarrillos.
— «No, mi amor, después me cruzo yo, que tengo que hablar sobre algo con el kiosquero.» — me dijo y me sentí aliviada, ya que al menos por un día no tendría que lidiar con los borrachos.
Ese día mi marido se veía más animado y contento que lo habitual. Yo no sabía por qué, tampoco le pregunté, pero supuse que le había entrado algún trabajo nuevo; Siempre que pasaba esto, él se ponía así. Al rato lo vi salir para el kiosco. Corrí las cortinas un poquito para ver si estaba ya mi acosador en el kiosco, y sí, él ya estaba ahí. Mi marido pasó saludando entre el grupo de muchachos, que le devolvieron el saludo amablemente, y se metió dentro del quiosco. Como tardaba en salir, me empezó a intrigar. Luego vi que mi esposo salía del negocio acompañado por el dueño del mismo, Don Raúl, y en la vereda se ponían a hablar con los muchachos... noté que mi marido se ponía a hablar directamente con el grandulón que me acosaba. Inquieta por los demás me puse cuando al despedirse, mi marido le estrechó la mano al mismísimo hombre que me decía de todo cada vez que me veía. No sé por qué, pero la situación me puso cachonda , ¡por los demás! ¡Nunca me había pasado algo igual! Ni siquiera yo sabía por qué me estaba poniendo así de cachonda.
Cuando mi marido volvió a casa, me hice la desentendida y no pregunté nada, pero él solo me contó lo que estaba sucediendo.
— «Mi amor, en una semana tengo que irme por quince días a trabajar fuera de la ciudad...»
— «¿Quéee? ¿Me vas a dejar sola?» —le preguntó enfadada.
— «Mi amor, tenemos muchas deudas y este trabajo es muy importante.»
— «¿Y a dónde te vas?»
— «A un pueblito a 300 km... pero en quince días estoy de vuelta, mi amor.»
— «Sabes que no me gusta quedarme sola, pero bueno, todo sea por el dinero.»
— «Gracias, mi vida, por entender, pero además sola no te vas a quedar.» — me dijo, intentando tranquilizarme.
— «No entiendo, amor...» — le dije intrigada.
— «Voy a tomar un muchacho por quince días, para que me termine los trabajos que tengo aquí en el taller de casa. Tengo trabajo atrasado y tengo que cumplir con los clientes.»
Loca de curiosidad preguntó:
— «¿Y quién es ese muchacho?»
— «No sé cómo se llama, le dicen "Negro".»
Indignada le recriminé:
— «O sea, ¿vos te vas a 300 kilómetros de distancia y me dejas acá con un tipo que ni siquiera sabes su nombre? ¿Vos estás loco o qué te pasa?»
Él intentó tranquilizarme:
— «Mi amor, no te preocupes, me lo recomendó Don Raúl, sabes que Don Raúl es de confianza y jamás me va a recomendar a nadie peligroso...»
«Viejo cómplice» , pensé. Mi marido agregó la frutilla del postre, para que yo termine de explotar:
— «Esta noche invité al muchacho a cenar, así le voy mostrando el taller y de paso lo conoces...»
Ya loca de rabia le preguntó:
— «¿Nunca me vas a consultar nada a mí? ¡Siempre tomás las decisiones solo!»
— «¡Mi amor, son solo quince días!»
«En quince días tu mujer puede estar embarazada de otro y vos ni te das cuenta» , pensé. Yo no podía creer que mi marido fuera tan estúpido.
Una hora más tarde, miré por la ventana para saber si los borrachines estaban aún en el kiosco, pues tenía en mente cruzarme al kiosco y recriminarle a Don Raúl su actitud. Ya no estaban, así que me crucé con la excusa de comprar algunas cervezas para la cena. Al llegar al kiosco no lo dejé ni saludar:
— «Don Raúl... ¿no tenía otro para recomendar? ¿Justo le recomienda al tipo más asqueroso sabiendo que ese negro de mierda me dice de todo y me vive acosando?»
Con una tranquilidad asombrosa me respondió:
— «Ay, Juli... Ay, Juli... tranquila, ya vas a ver que después de esos 15 días me vas a agradecer... él es un buen muchacho.»
Atónita por sus palabras, le pedí:
— «Deme unas cuantas latas de cerveza... ¡usted está loco!»
Él sonó y luego de darme las latas de cerveza me dijo:
— «Juli... el negro es un buen muchacho... ¡te vas a enamorar, ya vas a ver!» —bromeó.
— «¡Yo ya estoy enamorada! ¡Y de mi marido! Yo no soy una loquita cualquiera...» — Me marché para casa.
Preparé unas pizzas y le pedí a mi marido que las meta al horno mientras yo me bañaba. Cuando salí de la ducha, me puse a pensar en qué vestimenta ponerme para la ocasión. Tenía que ser algo no tan sexi, aunque la mayoría de mis prendas son bastante provocadoras, ya que me gusta vestir así. Mientras buscaba alguna blusa para acompañar el pantalón ajustado blanco que había elegido para ponerme, sentí que tocaban a la puerta principal de la casa. Seguramente era mi acosador que llegaba. Y así era, escuché su voz saludando a mi marido. Enseguida mi marido me preguntó sin abrir la puerta de mi habitación:
— «¿Te falta mucho, mi amor? Las pizzas ya están listas y ya llegó el muchacho...»
— «En cinco minutos salgo» — le respondí, y justo vi en un cajón la parte superior de un bikini rojo que no usaba desde que era soltera. Yo la puse. Mis pechos se ve que habían crecido un par de tallas, ya que me quedaban casi por completo por fuera de la prenda. Un descuido y puff , seguramente iban a quedar al aire por completo, y pensé que si mi acosador me veía con esa prenda apenas escondiendo mis pezones, seguramente se iba a poner loquito de calentura, y hacerlo sufrir un poquito no vendría mal, ya que en mi casa el control lo iba a tener yo y no él. Así que decidí salir con esa miniprenda, pero cuando caminaba hacia la puerta de mi habitación, noté que mis pechos estaban casi sueltos y al caminar se sacudían mucho y ¡se podía escapar! Así que pensé que era todo una locura mía y que iba a cambiar de prenda, pero justo golpea la puerta mi marido y me apura:
— «¡Julieta! ¡Vamos ya! ¡Las pizzas están cortadas!»
— «Ok, mi amor... ya salgo...» — lo dejé alejarse un poquito antes de salir y luego salí yo. Cuando llegué a la sala del comedor, ya estaban los dos sentados. Mi marido, como estaba de espaldas hacia donde yo venía caminando, no notó mi atrevida vestimenta sino hasta que yo pasé por frente a él para saludar al invitado. Mi acosador se paró y se presentó:
— «Hola señora, ¿qué tal? Mi nombre es Roberto, pero todos me dicen "Negro".»
— «Hola, ¿qué tal? Soy Julieta.»
Él me dio un beso en cada mejilla y, de forma muy educada, me dijo:
— «Muchas gracias por las pizzas...» — y se sentó en la silla, frente a la de mi marido, y yo en la cabecera de la mesa quedando en medio de los dos.
— «De nada... ¡comamos de una vez que se enfrían!» —sugerí animada y entusiasmada por el jueguito cómplice que teníamos con mi acosador. ¡Eso de fingir no conocernos me ponía bastante cachonda! Pero esa no era la idea previa. ¡Mi plan era que el que tenía que sufrir cachondeándose era mi acosador!
Después de tomar una porción de pizza y al girar la vista hacia mi marido, noté que me estaba queriendo decir algo con la mirada. Como desencajado, me dijo:
— «Julieta, vení un ratito que te quiero mostrar algo...» — y disculpándose con el invitado, salió caminando hacia la habitación.
Yo lo seguí por detrás y, como sabía que el Negro me iba a mirar mi trasero, esta vez ya propósito, lo moví exageradamente para que él se cachondee a más no poder. Al llegar a la habitación, mi marido me dijo enojado:
— «Decime una cosa... ¿vos estás loquita o qué mierda te pasa? ¿Cómo vas a salir así? ¡Mostrando todas las tetas! ¿De dónde sacaste ese corpiño tan chiquito? ¡Mira al espejo, mujer! ¡Se te van a salir las tetas afuera!»
De forma muy tranquila, pero con firmeza, le dije:
— «Mira, primero que no es un corpiño, es la parte superior de un traje de baño, y segundo que yo me vio y me pongo la ropa que se me cante.»
Y sin más palabras, salí de la habitación hacia el comedor. El Negro, al ver cómo se movían mis pechos casi desnudos, me los comía con la mirada. Por detrás venía mi marido y, pasada la discusión, la cena continuó con normalidad y ellos se pusieron a hablar cosas relacionadas con el trabajo, de proyectos a futuro, etc. Mientras lo hacían, tomaban más y más cerveza, y luego de unas cuantas y ya, con ambos bastante pasaditos de copas, se dio cuenta de que no quedaban más y mi marido me pidió:
— «Juli, mi amor, cruzate al kiosco de Don Raúl y comprá algunas cervezas más...»
Accedí a su pedido, pero antes de salir, me puse una camperita deportiva finita de media estación para no salir con los pechos al descubierto a la calle. Una cosa era mostrarlos dentro de casa y otra muy distinta era andar por la vida mostrando mis pechos a todo el mundo.
Cuando abró la puerta para salir a comprar, noté que el kiosco de enfrente estaba cerrado.
— «Mi amor, ya cerró Don Raúl.» — Le avisé a mi esposo, y se metió el Negro diciendo:
— «Acá a dos cuadras hay uno que está abierto hasta tarde, si usted quiere, la acompaña.»
No supe qué decir, sabía que esas dos cuadras serían eternas caminando junto a mi acosador, y ya no tendría el control que tenía sobre él dentro de mi casa, ya que en la calle era más que obvio que el Negro iba a volver a acosarme. Miré a mi marido y le dije:
— «Mi amor... ¿no quieres ir vos a comprar?»
Y el estúpido se negoció, poniendo como excusa que estaba cansado de caminar.
Salimos. Noté que era más tarde de lo que yo pensaba porque la calle estaba desolada. Hicimos veinte pasos sin palabra alguna, hasta que él comenzó con lo que yo sabía que iba a comenzar y rompió el silencio.
— «¿Vos te diste cuenta el terrible culo que te hace ese pantalón?»
Caminando a su lado y bien cortante le pedí:
— «A mí no me hables...»
Y siguió caminando a su lado. Hicimos unos pasos más y advertí que él disminuía la marcha de sus pasos. Sin entender qué estaba haciendo, le preguntó:
— «¿Qué haces? ¿Por qué te detienes y caminas despacio?»
Él, tocándose un enorme bulto debajo de su pantalón de jeans , me respondió:
— «Porque quiero ir por detrás tuyo así veo cómo mueve el culo divino que tienes. Dale, vos caminá por delante y mové el culo, yo te sigo.»
— «¡Sos un enfermo!» — le dije y siguió caminando.
Él iba por detrás diciéndome cosas:
— «¡Sí, mi amor! ¡Cómo me gusta cómo mueve la cola! ¡Qué hermoso culo!»
Yo seguía caminando como si nada, y él seguía:
— «¡Mueva, mueva, mueva, mueva la cola para mí!»
Lo que yo no entendía es que ¡yo era de caminar así! ¡Era mi forma de caminar! Yo no movía nada, en todo caso mis nalgas tal vez se movían solas. Y aún me faltaba una cuadra con ese Negro diciéndome groserías por atrás.
— «¡Qué putita que sos! Decí la verdad, ¿te gusta mover el orto para mí?»
Me detuve y traté de explicarle:
— «¿Vos sos tarado o qué? ¿No entendés que yo no muevo nada para vos, sino que es mi manera de caminar?»
Fue en vano la explicación.
— «Dale, caminá y seguí mostrándome cómo lo mueve.»
«Este tipo es un idiota» , pensé, y seguí caminando. Y él siguió hablándome por detrás, pero cada vez sus groserías eran más subidas de tono.
— «¡Qué buen culo, por favor! Te voy a partir del orto cuando tu maridito se vaya, te voy a coger como a una puta perra. Te voy a un metro verga a la mañana, te voy a un metro verga al mediodía, te voy a un metro verga a la tarde, te voy a un metro verga por la noche...»
La verdad es que yo caminaba delante de él tratando de no darle tanta importancia, pero a unos veinte metros dijo algo que quedó dando vuelta en mi cabecita descocada:
— «¿Sabes qué quiero, mamita? Que seas mi puta, partete el culo contra un árbol.»
La imagen se me vino a la mente y me calentó más que nunca en toda mi vida. Imaginar ser penetrada por semejante Negro gigante de forma salvaje contra un árbol me puso cachonda por demás. Traté de calmarme y por suerte estábamos llegando al kiosco. Afuera estaban tres muchachos que eran amigos de mi marido, pues jugaban fútbol los domingos juntos. Yo no hablaba con ellos, simplemente cruzaba un saludo de vez en cuando, pero ellos sabían que yo era la mujer de Cristian. El Negro los saludó, se ve que también los conoció. Uno le ofreció un trago de cerveza de la que estaba bebiendo y le preguntó:
— «¿Qué haces, negrito? ¡Tanto tiempo!»
Y el Negro le respondió:
— «¡Acá andamos, mejor que nunca! ¡Comprando unas cervecitas con mi nueva putita!» — y me abrazó.
¡Yo no podía creer lo que estaba pasando! ¡Los chicos eran amigos de mi marido y el Negro les decía que yo era su nueva putita! Uno de los chicos me sorprendió preguntó:
— «Pero vos no eras... o sos... ¿la mujer de Cristian?»
Le sonreí y le respondí aclarando la situación:
— «Soy... soy la mujer de Cristian, este tarado solo bromea...»
Y me metí en el kiosco a comprar. Mientras esperaba que me atiendan, no pude evitar oír parte de la conversación de los muchachos de afuera:
— «Negro, te conozco... y sé que no sos ningún santo, no me digas que te estás comiendo semejante caramelito. ¿Te estás comiendo la mujer a Cristian?»
Y el negro entre risas respondió:
— «Aún no me la clavé, pero cuando lo haga se van a enterar porque los alaridos que va a pegar la putita se van a oír en todo el barrio.»
Todos se rieron y luego siguieron con la charla:
— «¡No puedo creer que la mujer de Cristian se deje clavar por vos! ¡Tenes mucha suerte, negrito! Y pensar que todos la teníamos como una mujercita decente, más allá de que todos le mirábamos el culo, pero ella nunca demostró ser mala esposa...»
Yo seguía oyendo disimuladamente, no sabía que todos me miraban el culo, me estaba enterando.
— «Se hace la santa, pero no vieron la cara de putona que tiene, a esta mujercita le hace falta verga. Seguro que el marido no la clava bien, o se la clava poco.» — dijo el Negro con sabiduría, ya que mi marido era mal amante y encima una vez cada tanto.
— «¿Viste cómo mueve el culo al caminar? ¡Ese culo es para infartar!» —dijo uno de los muchachos.
— «¡Pobre Cristian! No sabe la culeada que le van a pegar a su mujer.» — dijo otro, y cortaron la charla advirtiendo que yo estaba por salir del kiosco.
— «¡Vamos!» — le dije al negro.
Saludé a los otros muchachos y comenzamos la vuelta. Ya a veinte metros del kiosco nos fuimos adentrando en la oscuridad de la calle. Yo, caliente por los demás, rogaba que él se vuelva a poner por detrás y que comience a decirme cosas. ¡Sus groserías me ponían cachonda! Nunca antes me habían tratado tan vulgarmente, mi marido siempre me había tratado como a una princesita, y esto de que me trataban como a una cualquiera me excitaba por los demás. Él no se hizo esperar y comenzó a caminar detrás de mí diciéndome cosas:
— «Tengo la verga dura, putita, mové el culo que me enloquece.»
Yo caminaba como si no lo oyese.
— «¿Quieres que pegue un polvazo contra un árbol?»
Yo no respondía, pero otra vez me puso loquita de calentura. Él insistió:
— «Respondeme, putona, ¿te gustaría que te rompa a vergazos contra un árbol?»
Yo seguía sin responder, pero él tuvo que hacerlo por mí.
— «Si no me respondés, es porque querés ser mi puta y querés que te coja fuerte contra un árbol...»
Me detuve y le dije:
— «No, negro feo, no quiero y déjame ya de molestar.»
La verdad es que yo quería todo lo contrario.
— «Entonces ¿para qué me haces calentar, puta de mierda?» — preguntó enojado.
Comencé a caminar de nuevo, pero esta vez el Negro me dijo:
— «Aunque sea haceme acabar con una paja... dale, hazme una paja.»
— «¡Vos estás loco!» — le dije, pero rogaba hacerlo. ¡Quería tocar su pene gigante! Así que cuando él insistió no resistí más y para no parecer tan puta le dije:
— «Bueno, está bien, ¡pero después de esto no me molestas nunca más! ¿De acuerdo?"
— «Ok» — respondió él y me llevó contra un viejo árbol y apoyó mi espalda contra el tronco del añejo vegetal. Comenzó a besarme en la boca, salvajemente, mientras yo tomé su verga con una de mis manos y comencé a masturbarlo. Ese enorme miembro latía como un dinosaurio. Como mis manos son pequeñas, con una sola no alcanzaba a envolver toda la circunferencia del mismo, así que lo tomé con las dos, y con fuerza comenzó a moverlo de atrás hacia adelante, hasta que él me dijo:
— «No aguanto más, puta, bajate el pantalón que te voy a metro la verga.»
Lo deseaba, pero me negué.
— «¡Nooooo, ya tenemos que regresar!»
Él me giró y me puso de cara al árbol, se paró detrás mío y me dijo:
— «¡No te hagas la difícil que se te nota que querrás mi verga!»
Me cayó con torpeza el pantalón hasta mis rodillas. Con sus piernas separó las mías y de un solo tirón me arrancó mi tanguita y apoyó su enorme verga en la puerta de mi vagina. Se agachó un poco preparando el primer empujón y justo en eso estaba, cuando suena mi celular que llevaba en mi carterita junto a mi billetera. Ambos nos asustamos.
— «¡Atendé, puta!» — ¡Era mi marido!
— «¡Hola, Julio! ¿Qué pasa que no llegan con esas cervezas? ¡Estoy muerto de sed!»
El Negro se quedó un instante quieto con la verga apoyada, lista para entrar en mi cuerpo.
— «Estamos llegando, amor, el kiosco estaba repleto de gente.»
— «Bueno, amorcito, pero vamos, apuren.»
El Negro no aguantó más y comenzó a presionar su pene para penetrarme. Asustada por mi marido, pero a punto de tener un orgasmo, respondí brevemente:
— «Sí, vida... voy...»
Él metió solamente la cabeza del pene y yo tuve un intenso orgasmo. Creo que fue el mejor orgasmo de mi vida, tan intenso que para no gritar tuve que clavar mis dientes en la corteza del árbol.
— «¿Acabaste, puta calentona? ¡Cómo te gusta la verga! ¡Si apenas te he metido la cabeza!» — dijo arrogante.
— «¡No me acabes adentro, por favor!» — le pedí, pues yo podía estar en mis días fértiles.
Él sonrió comenzó a metro cada centímetro de su verga y me dio a elegir:
— «¿Te acabo adentro o te acabo en la boca y tragas la lechita? Vos elegís...»
— «¡No me hagas esto, estúpido!» — le dije mientras sentía que él había logrado meter por completo toda su vergota dentro de la mía. Él la dejó quieta y me volvió a preguntar:
— «Adentro o en la boca, si no te apuras te voy a llenar la concha de leche.»
— «En la boca» — dije resignada.
Él sacó su verga casi por completo hasta afuera y la volvió un metro con terrible violencia. Tan violenta fue la embestida que quedó con los pies en el aire y mi cara rozando la corteza del árbol. Repitió ese seco y muy violento movimiento tres veces más y la sacó pidiéndome que me arrodille. Lo hice y abrí la boca. Él me la metió hasta la garganta y comenzó a largar increíble cantidad de chorros de semen. Era impresionante, parecía que orinaba semen. Yo no quería tragar, pero era inevitable, la primera vez que conoció el sabor del semen.
— «¡Traga... traga toda la lechita, puta! Andá acostumbrándote que me la vas a chupar a cada rato.»
No sé cuántos borbotones de semen tragué, pero fueron muchos.
— «Te odio» — fue lo único que se me ocurrió decirle y tomé la bolsa con las cervezas que había quedado a un lado en la vereda.
— «Qué linda puta que sos, no me voy a cansar nunca de meterte verga.» —Dijo él.
Comencé a caminar rápido para no demorar más y arrepentida le publicidad:
— «¡Nunca, pero nunca más vuelvas a tocarme, negro de mierda!»
Él me puso en mi lugar, me agarró de un brazo apretando fuerte y me dijo deteniendo mi marcha:
— «Mirá, putita de mierda, vos ahora sos mi puta y vas a hacer todo lo que yo te pida, ¿sí? Que te quede claro... vos sos mi puta y te voy a coger cuando se me cante, ¿entendido?»
Sus palabras tan directas y tan amenazadoras me provocaban una sensación de miedo, pero al mismo tiempo descubría que me gustaba ser dominada por ese negro. Por un lado lo odiaba con toda mi alma, pero por el otro lo deseaba y quería ser su putita. Él insistió:
— «¿Vas a ser mi putita o no?»
Asentí con la cabeza y seguimos marchando. Cuando llegamos, mi marido estaba mucho más ebrio que antes. El estúpido, como demorábamos con la cerveza, se había destapado una botella de vodka y esa bebida lo había puesto muy borracho.
— «¡Heee, dónde estaban ustedes! ¡No me quedó otra que abrir esta botellita de vodka!»
El negro se enojó ante la situación, pero pareció entusiasmarse ante la borrachera de mi esposo.
— «Venga esas cervezas» — dijo mi esposo y ellos continuaron bebiendo mientras yo me metí en el baño para higienizarme después de semejante polvo. Me cambié de ropa mientras recordaba lo sucedido. Más recordaba y más me arrepentía, pero al mismo tiempo otra vez me ponía cachonda. Cuando salí vestida con un vestido rojo ajustado al cuerpo, no pasó desapercibida para el Negro. Vi cómo me miraba, ese negro degenerado me quería clavar otra vez. Para hacerlo dejar de la idea le dije a los dos que me iba a leer un libro a mi habitación. Me encerré en ella y no agarré ningún libro, solo me tiré a recordar lo que había sucedido. Comenzó a llover copiosamente, me quedé escuchando el sonido de la lluvia, que se mezclaba con las carcajadas que venían desde el comedor. No sé cuánto tiempo pasó, pero solo pensaba en los quince días que el Negro estaría en el taller de casa. La idea no me daba rabia, solo me calentaba a niveles que nunca había alcanzado.
