
EL INQUILINO
Su vida se vio complata cuando llego un inquilino, que se volvió muy intimo. LA HISTORIA ESTA EN AUDIO VIDEO EN DOS PARTES AL INICIO DEL RELATO ..TAMBIEN ESTA ESCRITO POR SI TE GUSTA LEERLO ...GRACIAS .. Y SI QUIERES AYUDARME A SOSTENER ESTE ESPACIO DE LITERATURA ERÓTICA , SE AGRADECE MUCHO TU DONACION POR MEDIO DE PAYPAL..EL BOTON Esta al final de cada relato gracias !!!
8/31/202620 min read


Hola a todos, bienvenidos a un nuevo episodio de Historias y confesiones que merecen ser oídas. Es mi primera vez compartiendo algo así de personal, por lo que espero me tengan un poco de paciencia si me traicionan los nervios.
Me llamo Patricia. Tengo 25 años y llevo apenas nueve meses de casada. Para que se hagan una idea de mí, soy una mujer de contextura delgada, de un metro sesenta y cuatro de estatura, tez morena clara y facciones finas. No me considero una modelo, pero sé que no estoy nada mal: tengo un cuerpo muy bien proporcionado, firme, con curvas muy marcadas, un busto mediano pero muy firme, piernas bien torneadas y un cabello negro, lacio y largo hasta la cintura. En la calle suelo llamar la atención y es muy frecuente recibir uno que otro piropo hacia mi figura, principalmente dirigidos a mis piernas o a mis caderas.
Mi esposo es ingeniero petrolero. Trabaja en plataformas marinas allá en Ciudad del Carmen, Campeche. Por la naturaleza de su empleo, la rutina de nuestro matrimonio es muy particular: él se ausenta catorce días enteros internado en el mar y luego regresa a descansar otros catorce días a casa.
Para comenzar nuestra vida juntos, compramos a crédito una casa bastante grande. Es una propiedad de dos plantas, con un patio amplio al fondo y, detrás de este, un cuarto de servicio independiente con su propio baño, área de lavado y una salida trasera directa hacia la calle.
Pero les confieso algo: soy una persona extremadamente temerosa. Esos catorce días que mi marido pasaba en la plataforma eran una verdadera tortura para mí. No me gusta la soledad. Las noches se me hacían eternas; no podía dormir bien y me despertaba a cada rato pendiente del más mínimo ruido, del viento en las ventanas o de cualquier crujido. Me invadía una profunda inseguridad y venían a mi mente pensamientos de que alguien podía brincarse las bardas en la noche, meterse a la casa, asaltarme o hacerme daño. En cambio, cuando mi esposo estaba en casa, todo cambiaba por completo: me sentía feliz, protegida, acompañada y todos mis temores desaparecían.
Por lo mismo, era muy difícil para mí enfrentar los días en que se tenía que marchar. No teníamos servidumbre y, debido a los grandes gastos que tuvimos que hacer para la boda, la luna de miel y los enganches de la casa, habíamos quedado con muchas deudas. No podía pedirle a mi esposo que contratáramos a alguien para que me ayudara en el hogar, aunque estuve muy tentada a hacerlo, más que nada para tener compañía, ya que el trabajo en casa era mínimo.
Un día, debido al poco dinero que nos quedaba tras pagar las mensualidades de las deudas, a mi esposo se le ocurrió lo que parecía una idea brillante: rentar el cuarto de servicio. Le adaptamos una pequeña cocineta y nos quedó bastante bien. Al tener su propio baño y la salida trasera hacia la calle, el inquilino no tendría que molestarnos ni pasar por la casa principal para entrar o salir. De esta forma, ganaríamos un dinero extra para aligerar las deudas y estar un poco más holgados. Además, la idea de que hubiera alguien más en el predio me hacía sentir mucho más segura por las noches.
Tan pronto pusimos el letrero en la puerta, llegó a preguntar un hombre maduro, de unos 55 años, de nombre Fernando. Decidimos rentárselo a él. Era un hombre divorciado, muy educado y de trato sumamente respetuoso.
Las primeras semanas todo marchó sobre ruedas. Ya me sentía más tranquila y segura en las noches sabiendo que no estaba sola durante las prolongadas ausencias de mi esposo. Don Fernando —como le decía yo por respeto a su edad— resultaba ser un vecino muy amable; incluso me ayudaba con algunos arreglos o desperfectos en el patio. Llegué a sentir por él una confianza casi paternal.
Sin embargo, con el paso de las semanas, empecé a darme cuenta de algo que me puso muy incómoda. Durante los periodos en que mi esposo estaba en la plataforma, Don Fernando llevaba mujeres a su cuarto de forma esporádica.
Cuando mi esposo regresó de su guardia, no dudé en contárselo, porque no me parecía correcto lo que sucedía al fondo de la propiedad. Mi esposo, manteniendo la calma, me dijo:
—Mira, Patricia, no le podemos prohibir que lleve visitas. Es su cuarto y está pagando un alquiler. Mientras siga pagando la renta puntualmente, puede recibir a quien quiera, a menos que haga un escándalo grave, una pelea o algo impropio. Ahí sí hablaríamos con él para pedirle que se vaya.
—Es que las mujeres que lleva hacen ruidos y gemidos muy subidos de tono... —le expresé, sintiendo un poco de pena—. Es muy incómodo escucharlos desde la ventana de nuestra habitación.
Mi esposo solo sonrió, le quitó importancia y no dijo nada más.
Pero lo que yo no me atrevía a confesarle a mi esposo en ese momento es que el problema no eran solo los sonidos que venían del cuarto del fondo. El verdadero problema era lo que empezó a provocar dentro de mí. Las miradas de Don Fernando cuando yo salía al patio a tender la ropa o a regar las plantas comenzaron a cambiar. Ya no me miraba como a una casera o a una joven respetable. Sus ojos se fijaban con un descaro absoluto en mis piernas, en la curva de mi cadera... y esos ruidos nocturnos comenzaron a desvelarme; pero no por molestia, sino por una curiosidad oscura, un calor extraño y una tentación peligrosa que empezaba a recorrer todo mi cuerpo.
Y la situación estaba a punto de salirse de control, porque a mi esposo le tocaba subir nuevamente a la plataforma marina durante catorce largos días..
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Llegó el día en que él se marchó a su trabajo en las plataformas y lo despedí como siempre. Al día siguiente de su partida, don Fernando llevó a una nueva chica; tal parecía que esperaba las ausencias de mi marido para traer a sus conquistas. Alcancé a ver a la joven por la ventana de mi cuarto y lo que vi me asombró: se veía muy joven, de unos 22 años, y eso me causó enojo. Viejo verde, pervertido, pensé. No concebía que una chica tan joven estuviera con un hombre de su edad.
Pronto empezó el concierto de gemidos. Realmente a esta chica no le preocupaba que todo el mundo escuchara. Me empecé a excitar y mi coñito comenzó a humedecerse. Alcanzaba a escuchar que don Fernando decía algo, pero no comprendía sus palabras. Me ganó la curiosidad. Recordé que había dejado ropa en la secadora y salí por ella al cuarto de lavado. En realidad, bien podría haberlo hecho al día siguiente; más bien fue mi pretexto para acercarme. Los gemidos se fueron escuchando más fuertes y alcancé a entender las palabras que le decía don Fernando, las cuales estaban bastante subidas de tono:
—Vamos, nena, chupa bien, nena, ensalívala, siente su sabor, siente cómo recorre tu boquita mi trozo de carne... Vamos, métetela toda, tú puedes, así, chupa como buena putita... Así, qué rico se siente.
—No puedo, Fernando, cof, cof, es muy grande, no me cabe, aghhhh, me dan arcadas —decía la chica.
Era evidente que le estaba mamando la verga y sentí una mezcla de repulsión y excitación. Viejo cochino, no puede ser que esté obligando a esa pobre muchacha a hacer esa cochinada, pensé.
Cabe señalar que yo era un poco ingenua en lo que a sexo se refiere. Mi esposo había sido mi primer y único hombre. Ambos veníamos de familias tradicionales. Solo hacíamos el amor en el estilo clásico del misionero. Nunca habíamos hecho sexo oral, por lo que me parecía repugnante lo que estaba escuchando. Sin embargo, eso no disminuyó mi excitación; al contrario, me sentía más excitada.
Me acerqué a la ventana y por un ladito logré ver hacia adentro. Lo que vi me dejó congelada. Don Fernando sujetaba a la chica de la cabeza, obligándola a meterse la enorme tranca en la boca. La chica apenas podía soportar ese enorme trozo de carne. Tenía una verga impresionante, larga y gruesa, con muchas venas hinchadas, mucho más grande que la de mi marido. La cara de la chica estaba roja, seguro le faltaba el aire. Sin embargo, después de unos segundos, don Fernando le soltó la cabeza y ahora era la chica la que por su propia voluntad se metía la enorme verga y mamaba con ahínco. Parecía que lo estaba disfrutando mucho.
—Así, putita, ves que sí puedes... Te está encantando mi verga, cómo se nota que te gusta mamar. Levántate, ya te quiero romper ese coñito rico.
La chica se levantó y don Fernando la puso en cuatro, con el trasero bien levantado, y escuché que le decía:
—Mmm, qué bonito culo, tan suave y rico, se me antoja. Creo que primero me vas a dar el culo, nena. —Abrió las nalgas de la chica y hundió su cara en medio—. Mmmm, qué rico culo, nena, es un manjar. Me encanta comerlo, tan estrechito... Siente mi lengua.
A la chica no pareció disgustarle que le estuvieran comiendo el culo. Al contrario, se retorcía de placer y gemía más fuerte. Mi propio culo se empezó a contraer, a palpitar. Era inaudito lo que veía y estaba excitada al máximo. Mi esposo jamás me había tocado la cola y era algo extraño para mí, pervertido, sucio. No entendía por qué me excitaba. Mi coñito estaba tan húmedo que chorreaba. En eso veo que le mete un dedo por el culo a la chica y ella dio un respingo y lanzó un fuerte gemido. No podía creer todo lo que estaba viendo y empecé a sudar. Un sudor frío recorría mi frente. Mi corazón empezó a palpitar con fuerza y sentía que mi propio esfínter se contraía involuntariamente. Una carga de adrenalina recorrió mi cuerpo. En eso estaba cuando oigo que él dice:
—Espera, nena, voy por el lubricante para poderte romper la colita como se debe.
Al levantarse, giró la vista hacia la ventana y me vio. Al sentirme descubierta, corrí lo más rápido que pude a mi recámara.
Mi corazón latía con fuerza, la respiración la tenía muy agitada y me di cuenta de que estaba muy mojada, por lo que me tuve que cambiar las braguitas. El recuerdo de lo que había visto me daba vueltas en la cabeza, difícil de olvidar. Intenté relajarme y dormir, algo difícil con el concierto de gemidos y gritos que se escuchaban a la distancia. Sin duda, don Fernando estaba enculando a esa chica.
Desde ese día empecé a rehuirle a don Fernando. Me sentía tan avergonzada, tan apenada... En las noches soñaba con frecuencia con lo que había visto, pero en lugar de la chica, soñaba que era yo quien le estaba mamando y que estaba a punto de ser enculada.
Una semana después, estaba llegando en taxi del supermercado con mis bolsas del mandado, cuando aparece don Fernando y me ayuda a cargarlas, amable como siempre. Abrí la puerta y me ayudó a llevarlas a la cocina. Le estaba dando las gracias por su ayuda cuando me dice:
—¿Y qué le pareció el espectáculo? ¿Le gustó?
—Perdone, don Fernando, no sé a qué se refiere —respondí, nerviosa.
—Sabes a qué me refiero, nena. Al espectáculo que viste la otra noche desde la ventana de mi cuarto.
Me quedé paralizada, sin habla, no sabía qué responder. Mi corazón palpitaba con fuerza.
—¿Por qué te quedas callada? ¿Acaso te hubiera gustado ser esa chica mamándome la verga y dándome el culo?
Por fin reaccioné y le dije:
—¿Qué se cree, viejo cochino? Respéteme. Yo no soy así, yo no hago esas cochinadas.
—Mmm, ¿en serio? Entonces no le mamas la verga a tu maridito ni te ha comido la colita tan rica que tienes. Qué desperdicio.
Sin proponérmelo, le estaba dando a don Fernando información sobre mi intimidad con mi marido, y me quedé callada.
Se acercó a mi cuerpo y, en un rápido movimiento, me tomó de la cintura y me apretó con fuerza contra él. Con su otra mano apretaba mis nalgas. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Era extraño sentir el calor de su cuerpo contra el mío y sus grandes manos en mi trasero. Emanaba virilidad, determinación... Pero yo era una mujer casada y no podía engañar a mi esposo, así que me resistí y le dije:
—Suélteme, soy una mujer casada. Respéteme.
—Eso no importa, mami, no soy celoso. Me gustas mucho y vas a ser mía. Te voy a hacer gozar como nunca. Sé reconocer a una hembra mal cogida, y sé que tú eres una. Te gustó lo que viste y te mueres por sentir placer con un verdadero macho, que te haga sentir lo que tu marido no te hace gozar... Cogerte como te mereces, hermosa.
Seguí forcejeando, cada vez con menos fuerza. El cabrón de don Fernando me llevó al sofá de la sala y empezó a desnudarme. Besaba mi cuello y mordía mis orejas. Suspiraba y le decía con una débil voz:
—No, no, no, don Fernando, no me haga esto —protestaba, aunque sin mucha convicción.
—Tranquila, bebé, solo quiero darte placer. Me gustas mucho y quiero ser tu hombre, tu macho. No te haré daño.
Me quitó el vestido y el sujetador. Su boca se apoderó de una de mis tetas y succionó mi pezón. Una ola de placer recorrió mi cuerpo y lancé un gemido. Dejé de forcejear. Lamía mis tetas, mordisqueaba mis pezones, los succionaba, los estiraba con su boca; me hacía vibrar con sus chupetones. Mi esposo me besaba las tetas, pero nada que ver con la forma tan ardiente en que lo hacía don Fernando.
—Mmm, qué lindas tetas, tan ricas, son una delicia.
Solo suspiraba, ronroneaba como una gatita. Cerré los ojos y me dejé llevar. Me estaba entregando. Sentía mi coñito supermojado. Sin dejar de chupar mis tetas, su mano bajó a mis braguitas y pudo comprobar que estaban húmedas.
—Mmm, qué mojadita estás, nena. Ya sabía que eras una putita.
Fue bajando por mi vientre hasta que llegó a mi ombligo. Me bajó las braguitas y cooperé alzando la cintura para que me las quitara por completo. Las llevó a su cara para respirar su aroma, las olfateó profundamente y suspiró. Las aventó a un lado y abrió mis piernas. Su lengua llegó a mi clítoris. Mi espalda se arqueó al instante. Casi me vuelvo loca. Jamás había sentido ese placer; mi esposo nunca me había hecho sexo oral. Abrió más mis piernas y siguió dando lengüetazos mientras dos dedos se hundían en mi coño. Entraron profundo y fácil por lo lubricada que estaba. Sacó sus dedos, los llevó a mi clítoris y ahora fue su lengua la que se hundió en mi coño. Me estremecía y temblaba por las sensaciones.
—Aghhh, ¿qué hace, don Fernando? Aghhh, ¿qué hace? Agggghhh...
—Jaja, ¿qué pasa? ¿Por qué? ¿Acaso tu maridito no te come el coñito?
—No, eso es sucio, mi marido no me hace esas cosas... Aghhhh, pare, no está bien —respondí.
—Qué idiota es tu marido al desperdiciar un manjar como este. Tu coñito es tan dulce... Pobrecita, pero no te preocupes, nena, ahora vas a saber lo que es una buena chupada de macho.
Me tomó fuerte de las caderas y con ahínco se puso a comer mi coñito. Escuchaba los sonidos que hacía mientras lamía y succionaba mis flujos vaginales. Me sentía incómoda en cierta forma, pero pronto me olvidé de mis prejuicios. Abrí más las piernas y me puse a disfrutar. Todo mi cuerpo se retorcía, mis piernas temblaban. Su lengua se deslizó dentro de mi estrecho y ardiente canal; estiraba mis labios vaginales. Creí que iba a explotar, a morir de placer. Jamás pensé que el sexo oral fuera tan delicioso.
De pronto paró y se quitó toda la ropa. Su cuerpo estaba muy bien conservado para un hombre de su edad y saltó su imponente verga, amenazante. Ahora la presa era yo. Me hizo agachar, con su verga frente a mi cara. La veía más enorme, gruesa y cabezona. Acercó la rojiza cabeza a mi boca y me pidió que se la mamara. Sentía su verga en mis labios, presionándolos, impregnándolos con líquido preseminal.
—Vamos, nena, abre la boquita, chupa.
La verdad me daba un poco de asco. Quise derribar mis prejuicios y empecé a darle lengüetazos en la punta. Sentí un sabor fuerte, ligeramente salado, pero no me causaba náuseas, así que me animé a lamerla suavemente. Empujó suave la cabeza. No me quedó de otra que abrir la boca. Solamente me entraba la punta de su verga, por lo que me dediqué a chupar y lamer la cabeza.
—Jaja, preciosa, así. Parece que tampoco se la mamas a tu maridito. Ven, te enseño. Qué suertudo soy, me tocará también enseñarte a mamar una verga. Ven, abre bien la boquita.
Me tomó de la cabeza y fue guiando mis movimientos. Me hizo abrir la boca al máximo, mis labios alrededor de su cabeza, y fue avanzando hacia adelante. Su verga se iba colando. La sentí recorrer mi lengua, mi paladar y hundirse en mi garganta. La saliva resbalaba por el tronco.
—Así, nena, aprendes muy rápido. Solo cuida tus dientes. Ay, qué rico, me vas a hacer acabar.
Seguí sus instrucciones. La metía hasta donde me llegaba dentro de la boca, la apretaba con los labios cuidando de no rozarla con los dientes y succionando fuerte. Mientras lo mamaba, volteé a verlo a la cara. Me encantó ver sus muecas de placer; sin duda lo estaba haciendo bien. Saqué su verga de mi boca para tomar un poco de aire y un hilo de saliva mezclado con líquido preseminal quedó colgando de mi lengua hasta su verga. Eso me prendió y, abriendo bien la boca, empecé a mamársela como si se me fuera la vida en ello. Apretaba el tronco y acariciaba también sus huevos.
—¡Ay, cabrona, basta, basta! Saliste más putita de lo que pensé. Me has mamado la verga como una profesional y casi me sacas la leche, y no quiero acabar. Antes quiero hacerte mía.
Me levantó y me dijo:
—Ven, vamos a tu recámara. Quiero cogerte en la misma cama en la que te coge tu maridito para que compares lo que es un auténtico macho.
Me llevó a la recámara mientras me iba agarrando el culo. Tan pronto llegamos, me recostó en la cama boca arriba sin dejar de comerme la boca. Metía su lengua revoloteando en mi interior, mordía mis labios. Iba a cogerme. En mi mente pensaba que no estaba bien. Amaba a mi marido, pero no podía resistirme. Estaba totalmente entregada a sus besos y caricias. Las sensaciones que sentía nunca las había experimentado con mi esposo. Sentí su enorme verga en la entrada de mi vagina y poco a poco me la fue metiendo. Sentía cada centímetro que me iba entrando, abriendo. Daba pequeños gritos de placer, hasta que sentí que, en un movimiento de cadera final, me la metió toda, hasta los huevos. Me dolió. Un calor tremendo me invadió. Nunca me había entrado algo tan profundo y a la vez sentí un inmenso placer recorriendo toda mi columna. Me sentía tan llena... Tan llena de mi hombre, y al mismo tiempo experimentaba una sensación de plenitud difícil de explicar.
—Aggggh, don Fernando, ¡qué verga tan grande tiene! Ahhhh...
—Ya, chiquita, ya entró toda. Qué rico aprietas, qué estrechita estás, pareces virgencita. Agghhh, relájate y disfruta.
Me tomó de las caderas y empezó a embestirme lentamente. Mordía mis labios y besaba mi cuello. Arqueaba mi cuerpo en cada embestida, lenta, profunda. Me sentía tan suya que sentía que me derretía en cada embestida. Poco a poco fue embistiéndome más rápido. Mordía y chupaba mis pezones. Me decía que era la nena más rica que se había comido. Quería cogerme seguido. A todo le decía que sí, que quería ser suya, hasta que ya no pude aguantar más. Todo mi cuerpo empezó a vibrar y sentí una descarga de placer que recorrió todo mi ser.
—¡Me corro, me corroooo, me corroooo, aghhhh, me corroooo!
Todo mi cuerpo convulsionaba. Mi vista se nubló. Gemía como loca. Había sido el orgasmo más alucinante de mi vida.
Pero don Fernando seguía embistiendo. No había acabado. Quería más, así que me levantó y me puso en cuatro, con las piernas bien abiertas y mi pecho sobre la cama. Sentí la punta de su verga en mi coñito y se fue abriendo paso hasta que sentí su pelvis golpear mis nalgas. Mis fluidos resbalaban por su verga hasta sus huevos.
Empezó el vaivén, lento y profundo, un mete y saca que me tenía en las nubes. Me apretaba las nalgas y me daba nalgadas que me excitaban más y me hacían gemir en cada golpe. Desde el espejo de la recámara veía cómo abría mis nalgas al máximo y observaba cómo su inmensa verga se perdía en mi interior. En eso siento que escupe justo en medio de mis nalgas y trata de insertar la punta de su dedo índice en mi culo. Di un respingo hacia adelante y me quejé:
—No, don Fernando, eso sí no. Por ahí no, no me toque el culo.
—No me digas que tu maridito tampoco te ha culeado.
—No, ya le dije que mi marido no me hace esas cochinadas.
Sus ojos brillaron.
—No lo puedo creer. Tu culito es increíble, delicioso, suave y además virgen. Va a ser un placer desvirgarlo.
—¿Cómo cree, don Fernando? No. Su verga es demasiado grande, me partiría en dos. Además nunca lo he hecho —me quejé.
—Jaja, no te imaginas lo que se puede comer un culito sabiendo dilatarlo. ¿Recuerdas a la chica con la que me viste? Yo la desvirgué por el culo y ahora ella misma me pide que la encule. Siempre es igual: alegan que les dolerá y siempre terminan con mi verga enterrada hasta los huevos pidiendo leche. Pero hay que saber desvirgar un culo y yo soy un experto. Aguanta, voy a mi cuarto por lubricante.
Me la sacó y me quedé recostada en la cama boca abajo, expectante. En ese momento pude haberme levantado y hacer algo: cerrar la puerta de mi casa, pedir auxilio... Pero no hice nada. Quedé en la cama boca abajo con el culo expuesto. En un par de minutos estaba de regreso con una botellita de líquido.
Al entrar, dijo desde la puerta:
—Qué rica te ves desde aquí, qué culito tan redondito y paradito.
Me puso una almohada bajo el vientre para que parara el culo y sentí que separó mis nalgas, dejando mi agujerito descubierto. Empezó a frotar con su dedo pulgar mi orificio. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Jamás pensé que el lugar más íntimo y secreto de mi cuerpo fuera tan sensible. Abrió más mis nalgas y sentí la punta de su lengua presionando mi esfínter. La sensación fue deliciosa. Sin querer, di un fuerte respingo. Fue como si su lengua me transmitiera una corriente eléctrica que hizo vibrar todo mi cuerpo. Su lengua era increíble. Siguió punteando y lamiendo mi hoyito un largo rato, hasta que mi esfínter cedió y entró la punta de su lengua en mi interior. Suspiré y mordí mis labios al tiempo que apretaba las sábanas. La movía en forma circular, avanzando cada vez un poco más. Después de un largo rato, dijo:
—Tu culo es delicioso, mami. Saber que soy el primer macho que lo prueba me ha puesto bien cachondo. Vas a gozar mucho cuando te lo abra.
Abrió el bote de lubricante y me dijo:
—Este lubricante es especial, tiene un relajador muscular y un desensibilizante. Vas a sentir que la colita se te pone caliente al tiempo que se va dilatando.
Echó el lubricante entre mis nalgas y sentí la yema de su dedo en la entrada de mi esfínter. Apreté las nalgas y me dio una sonora nalgada, recordándome que no debía apretar. Puso un poco del líquido entre mis nalgas, el cual fue resbalando hasta su dedo, y comenzó a masajearme el culo, solo por fuera. Masajeaba y acariciaba mis nalgas, frotaba mi esfínter en forma circular, aplicando cada vez mayor presión. Pronto venció la resistencia y su dedo se coló en mi interior. Pasó a acariciar las paredes internas de mi culo. Era más agradable de lo que pensé. Me estaba gustando. Siguió aplicando lubricante y su dedo cada vez me llegaba más profundo, con facilidad, nada de dolor. Sentía el culo lleno de lubricante y empecé a sentir la piel caliente y más sensible. El líquido chorreaba por mis piernas. Sin darme cuenta, empecé a mover el culo en círculos.
—Vaya, vaya, qué putita que eres. Te está gustando. Mira cómo meneas el culito —dijo riendo don Fernando.
Echó otro chorrito de lubricante que me entró muy profundo. Sacó sus dedos y sentí un vacío. Iba a quejarme cuando arrimó su verga entre mis nalgas y la cabeza empezó a recorrer toda mi rajita.
—¿Sientes cómo te recorre mi verga? Pronto toda esta carne estará en tu interior, recorriéndote por dentro. Relájate, mamacita, dale la bienvenida.
En uno de sus recorridos embadurnó más de lubricante su verga y mi culo, y apuntó a mi agujerito.
Empezó a presionar, pero no había forma: mi culito era muy estrecho. Me dolía un poco. Él seguía insistiendo hasta que de pronto sentí que mi esfínter cedía y entró la cabeza. Di un grito desgarrador y todo mi cuerpo se tensó. Intenté zafarme echando mi cuerpo hacia adelante, pero me tenía bien sujeta de las caderas. Solo me decía:
—Shhhh, tranquila, relájate. Ya entró lo más grueso. Pronto sentirás placer.
Sentía que me partía. El dolor era tremendo y nublaba mi visión. Intenté relajarme y poco a poco el dolor fue cediendo. Sentía un ardor, pero había algo que me agradaba. Aflojé el cuerpo. Él lo sintió y reanudó la embestida. Me la estaba metiendo muy despacio, permitiendo que mi culo se acostumbrara al invasor.
—Así, nena, qué rico te la estás comiendo, suavecito.
Sentía mis pliegues abriéndose y estirándose al máximo y el avance de su tranca de carne, hasta que por fin sentí sus huevos en mi coño. Me había empalado completamente. La dejó un par de minutos sin moverse para que mi culito se acostumbrara al grosor de su verga, mientras me besaba el cuello y la espalda. Sentía el calor de su pecho en mi espalda y sus manos sujetas a mis caderas. Pronto sentí que el dolor cedía. Empecé a mover el culo y comenzaron las embestidas. Lo hacía lento y profundo. En cada embiste sentía una sensación de placer indescriptible que recorría toda mi columna. Me sentía tan plena, tan llena de mi hombre... Poco a poco fue embistiéndome más rápido. Mis gemidos se hacían más fuertes. Me decía que mi culito era el más bello y apretado que se había comido en su vida y que me lo iba a seguir cogiendo seguido. Yo le decía que sí, que era suya y que me hiciera todo lo que quisiera en adelante. Me decía cosas ardientes al oído y me ensartaba con fuerza.
—¡No pares, me encanta ser tuya! —gritaba.
No paraba de meterla y sacarla fuerte, golpeando mi culo con su pelvis. Ya no daba más. Todo mi cuerpo se estremecía. Mis piernas empezaron a temblar. Mis ojos se pusieron en blanco, como si estuviera en un trance. Empecé a convulsionar.
—¡Me corrooo, me corrooo, me corroooo! —gritaba como puta.
Él seguía taladrándome el culo. La metía y sacaba cada vez más rápido mientras me daba nalgadas. Mis espasmos apretaban su verga de forma involuntaria y ya no aguantó más. En un último embiste me ensartó hasta lo más profundo, me hizo ver las estrellas y explotó en las profundidades de mi culo. Chorros y chorros de leche ardiente inundaban mis entrañas y aliviaban el escozor de mi agujerito maltrecho. Su semen escapaba de mi culo y escurría por mis piernas.
Caí desfallecida sobre la almohada, él encima de mí. Poco a poco su verga se fue poniendo más flácida hasta que salió de mi culo.
Se tendió a mi lado boca arriba, con la respiración agitada, y yo me acurruqué junto a él, con mi cabeza entre su pecho y su hombro. Me acarició la cabeza, besó mi frente y me abrazó. Me encantaba estar en sus brazos. Me dijo que quería que fuera su hembra cuando mi marido no estuviera en casa. Acepté de inmediato. Le dije que me había encantado todo lo que me había hecho, que me había vuelto loca de placer, que me sentía su hembra y me sentía segura a su lado; que él era mi macho y así sería de ahora en adelante, pero que fuera discreto los días en que mi marido estuviera en casa, ya que era casada. Estuvo de acuerdo y me dio un beso cachondo para sellar el compromiso.
Así me convertí en la amante de mi inquilino. Era la relación perfecta: tenía un esposo joven, guapo y brillante que presumía a la sociedad, y un hombre maduro que me hacía gozar al límite. Todo era felicidad. Mi cara estaba resplandeciente. Ya no me importaba la marcha de mi marido; ahora tenía a don Fernando, que me daba todo el placer que mi esposo no me podía dar. Antes pensaba que mi marido era un buen amante, pero comparado con don Fernando, la diferencia era enorme.
Don Fernando cumplió su palabra y fue siempre muy discreto los catorce días que mi esposo estaba en casa. Era paciente y sabía que tendría otros catorce días para disfrutarme como quisiera. Un día mi marido me preguntó si don Fernando seguía llevando mujeres a su departamento y que, si me molestaba, le pediría que se marchara:
—No, ya no. Ya no da ningún problema, vida. No ha vuelto a traer a ninguna mujer —le respondí.
Si supiera que ahora su hembra soy yo, pensé.
Mi esposo dice que don Fernando es el inquilino perfecto: nunca da molestias, paga la renta puntual y siempre está arreglando los desperfectos de su cuarto o haciendo mejoras sin pedir un peso a cambio. Si supiera que también se ocupa de atender y tener feliz a su mujercita cuando él no está en casa.
