El peon de la estancia.
Un ferviente militante antiperonista acompaña a su esposo a una estancia en Salta por motivos de campaña. Allí conoce a Antonio, el capataz, un hombre rudo y viril que milita por el partido opuesto. Un "accidente" con un semental de la estancia desató una pasión inesperada entre ellos.
CONFESIONES DE INFIDELIDAD
11/30/20255 min read


Esta historia ocurrió en septiembre de 2019. Nos encontramos en esa provincia del norte del país por la campaña política a presidente que se realizó en Argentina. Nosotros militábamos por la reelección del presidente Macri. Mi marido me llevó a Salta, ya que tendría que visitar la estancia de un amigo en esa provincia, cerca de la capital. Si bien su amigo no vivía allí, nos dijo que fuéramos cuando quisiéramos, ya que él les había avisado a los peones que nos esperaran.
Llegamos a la estancia salteña cerca de las 18 hs. Ya nos esperaba el peón encargado, Antonio, un hombre de unos 55 años, alto, cabello canoso, voz ronca, manos grandes, delgado y me sorprendí que se le notaba un paquete muy prominente entre sus piernas, con lo que me relamí los labios de ganas de conocer. Además, era muy gentil. Sus otros compañeros en la estancia eran un matrimonio sin hijos. Ella, Elisa, de unos 38 años, morena, delgada, con un vestido largo pero que dejaba ver unas piernas muy torneadas y duras, y un hermoso par de tetas que mi marido, por mirarlas cuando esta se agachó, casi se cae entre ellas, un culo bien parado, redondo; Se veía que era una mujer bien atendida. Él, un hombre de unos 50 años, de aspecto muy varonil, rudo, áspero, de músculos marcados, pero también educado y gentil.
Nos vemos nuestra habitación y luego de un baño fuimos a cenar. La cena transcurrió entre risas y anécdotas entre mi marido y Antonio, y la programación del día siguiente: mi marido quería ir de pesca muy temprano, a unos 10 km de la casa y por un camino de selva, a caballo. Tal panorama no era de mi agrado recorrer. Antonio le dijo a mi marido que sería acompañado por otro peón de la estancia y que se quedaría tranquilo, que el caballo que le prestarían era uno muy manso y que el muchacho que lo guiaría conocía muy bien el lugar de pesca. Luego avisé que me retiraría a dormir, ya que estaba muy cansada por las actividades del día, por la campaña política a favor de Macri y por hablar mucho contra el otro partido, el peronismo.
Cuando abrí mis ojos, eran las diez de la mañana. Mi marido y el muchacho guía habían partido con el alba. Elisa se acercó y me ofreció el desayuno, muy campesino. Me habló del lugar y, como al pasar, preguntó si había alguien más en la estancia.
Yo respondí que sí, que Antonio. Él estaba con su marido en el establo, unos 100 metros cerro abajo de la casa, controlando a unas yeguas en celo. "Por el sendero de los Álamos, puede ir usted, señora, para conocer", me dije en silencio, "justo lo que me hace falta".
Después del desayuno, comencé mi recorrido por el casco de la estancia y, como quien no quiere la cosa, bajé hasta el establo. Ahí encontré a Antonio y al marido de Elisa. Antonio solo vestía con jeans y botas, los pechos desnudos, sucios y transpirados.
Antonio me indicó que estaban haciendo servir unas yeguas con un padrillo nuevo. Mi ignorancia campestre me llevó hasta el establo con una pollera campana y una blusa fina, y unas sandalias, que no tardaron en ensuciarse por completo. Antonio me invitó a ver el próximo servicio, si consideraba que el mismo no era una falta de respeto. Le dije que me quedaría, no quería ofender la labor de este hombre. Luego, él acomodó a la yegua, le ató la cola al costado y trajo al semental. Observé bajo su vientre y pude ver una verga descomunal , dura y negra. El semental se subió a la yegua e introdujo su mástil de carne; La infeliz relinchaba, mas no podía saber si de placer o dolor. Noté que mi excitación crecía, un calor me subía por mi cuello, pero no podía salir de ese corral. Abruptamente, el semental se salió de la yegua y un inmenso chorro de semen me llegó a salpicar el pecho y vientre. Antonio se apuró en limpiarme, pero sus manos solo me ponían más caliente; su olor a transpiración me excitaba aún más.
Tanto me excité que se notó. No vi el momento en que el marido de Elisa desapareció de la escena, pero quedamos solo Antonio y yo. Él comenzó a pasar sus manos por mi cuerpo con la excusa de limpiarme del chorro de semen del caballo, pero como empecé a respirar de modo muy sensual, se convirtió en caricias por todo mi cuerpo.
Él me levantó en sus brazos y me llevó a un galpón cercano donde me depositó encima de unos fardos de pasto. Yo comencé a desabrocharle ese jean y cuando se los bajé junto con el calzoncillo, salió una verga hermosa, gruesa y robusta, la cual me dejó sorprendida por su grosor. Solo atiné a agarrarla y ponerla entre mis labios. Introduce su cabeza en mi boca con mucho cuidado de no tocarla con los dientes, ya que, como dije, era gruesa. Luego él me acostó sobre el pasto, me bajó la bombachita, abrió mis piernas y me miró muy fija. Yo solo le dije: "Cógeme toda". Me penetró muy despacio; cuando la sentí toda adentro, me sentí completamente llena, nunca me había devorado una pija así.
Comenzó a moverse más rápido y al poco tiempo explotó en un hermoso orgasmo. Luego él derramó su semen dentro del mío; era impresionante la cantidad que largó, me chorreaba toda. Nos quedamos en silencio un rato abrazados en ese galpón y solo nos despegamos porque Elisa venía llamándome a los gritos para ver si necesitaba algo de ropa para cambiarme, ya que su marido le había dicho sobre el accidente del caballo y el chorro que me empujó encima.
Salimos de ese galpón y noté que Elisa y Antonio cruzaron miradas cómplices, pero no me importó. Luego fuimos a la casa de la estancia y me cambié de ropa. Después de almorzar, Elisa me comentó que a dos kilómetros de la estancia había un pequeño lago. Pregunté si Antonio me podría llevar. Elisa me dijo: "No puede, él se fue al pueblo, tiene una reunión con peronistas, ya que él milita para el otro partido político". Cuando me dijo así, sonreí un poco por la irónica situación: siempre hablé mal de los peronistas y al final la mejor verga que probé era de un hombre peronista. Lo más loco de la situación es que, cuando mi marido habla mal de los peronistas, ya que es fanático anti-perón, él cuando habla yo comienzo a humedecerme toda. Las elecciones pasaron, ganaron los peronistas, pero cada dos o tres meses vamos a la estancia del amigo de mi marido y sí, ese peronista llamado Antonio me pega las mejores cogidas que he tenido en mi vida, casi que grito: "¡VIVA PERÓN!" cada vez que lo veo.
