El vagabundo que conocí

Una mujer a cargo de un comedor social en Santiago de Chile conoce a Martín, un hombre en situación de calle. Un gesto de ayuda desencadena una secuencia de hechos intensos e e inesperados tras cruzar las puertas del refugio. 🎧 Escucha el audio completo sin censura o 📖 lee la historia escrita en su versión original sin filtros.

10/12/20266 min read

Soy una mujer común y corriente de treinta y ocho años, casada y con tres hijos. La verdad es que tengo una vida muy tranquila en lo que se refiere a lo económico. Mi marido me da todo lo necesario para un buen pasar. Eso me ha llevado a participar en una organización que ayuda a personas en situación de calle y, con el tiempo, he quedado a cargo de ella. No es muy grande, pero tenemos un lugar donde las personas indigentes pueden bañarse y recibir una comida nutritiva en el comedor; funciona de lunes a viernes, y los sábados por la mañana.
La historia que les voy a narrar comenzó un sábado por la tarde, cuando iba con mi auto por las calles de un barrio de Santiago de Chile. Buscaba un negocio que vende insecticidas, ya que teníamos una plaga de hormigas en el comedor de nuestra organización.
Como decía, iba muy tranquila buscando el local que me habían recomendado, cuando veo a un hombre, en clara situación de calle, discutiendo con una pareja. Como me nace de forma instintiva el sentimiento de protección hacia estas personas, detuve el auto y me bajé para mediar en esa situación conflictiva. Los motivos de la discusión no importan; solo diré que mi intervención calmó las aguas y todo terminó en paz.
Cuando la pareja se retiró, quedamos él y yo por un momento en silencio. Yo solo pensaba y me preguntaba qué lo habría llevado a él a vivir en esa situación. Luego de un silencio prolongado, le consulté dónde vivía, y él me señaló un lugar debajo de un puente, a una cuadra de donde estábamos. Le pregunté si podía acompañarlo, ya que quería saber en qué condiciones se encontraba.
En el camino me dijo que se llamaba Martín y que tenía cincuenta y cuatro años. No me dijo, a pesar de que le pregunté, la causa que lo llevó a esa situación tan frágil. Lo que me llamó la atención, cuando llegamos a su refugio, es que no había señales de todo eso que genera hábitos indeseables y muy difíciles de dejar, algo muy común en sus lugares de descanso. Solo había una cama improvisada debajo de un techito y paredes muy precarias, hechas con restos de chapas y maderas. Su mobiliario se completaba con una pequeña mesa y banquetas.
Al ver su situación, le ofrecí los servicios de nuestra organización. Él me miró y me preguntó, con una mirada muy tierna:
—¿Puedo ir ahora mismo?
Le dije:
—Mira, ahora está cerrado, pero puedes ir el lunes si lo deseas.
Martín puso una cara de desilusión que realmente me conmovió. Le dije:
—¡Qué diablos! Mira, vamos ahora. Yo tengo la llave y puedes darte un baño, asearte y cambiarte de ropa; así, por lo menos, este fin de semana estás más cómodo, ¿te parece?
Él no dijo nada, solo vi cómo sus ojos se humedecían. Solo me nació abrazarlo, ya que se nota que no recibía muestras de cariño desde hacía mucho tiempo. Él también me abrazó y sentí sus manotas, que eran realmente grandes. No sé, pero sentí como un cosquilleo extraño en mi cuerpo. Estuvimos así unos segundos y le dije:
—Bien, ¡vamos!
Martín subió al auto y raudamente fuimos a nuestro centro de ayuda. Llegamos y le señalé el lugar donde se podía duchar, mientras yo le buscaba ropa limpia para que pudiera cambiarse luego del baño.

le dije -algo voy a encontrar de tu talle, él era alto de un metro con 80 centímetros, y unos 80 kilos más o menos. No sé cuantos minutos pasaron, pero me pareció que ya habría terminado de bañarse, me acerque al baño, el ruido de la ducha ya no se sentía ... se habrá ido? me pregunté ...entré para ver que habia sucedido y lo veo parado junto a una de las piletas, envuelto en un toallón y afeitándose.

—¡Ah, perdón! —exclamé.

Él se sobresaltó, giró hacia donde yo estaba y el toallón se le cayó, dejándome ver todo su cuerpo desnudo. Pegué un gritito como de sorpresa, pero en realidad me impresionó y me agradó lo que había visto en él. Su cuerpo era muy hermoso y macizo. Además, lo que vi en su entrepierna me provocó una sensación muy parecida al cosquilleo que antes había sentido. Debo decir francamente que era hermosa; no era enorme, pero sí de buen tamaño y de buen grosor. Me pregunté: ¿si es así en estado flácido, cómo será erecta? Luego le dije, mientras me tapaba la cara y me daba vuelta:

—Aquí te dejo la ropa.

Él me respondió:

—Gracias, y perdón por el mal momento, señora.

—No te preocupes, Martín.

Me retiré a preparar algo de comida. Fui raudamente a la cocina a preparar algo rápido, pero me sentía rara. No quiero decir que me puse loca, pero me acerqué a ese estado de ánimo. Me decía a mí misma: «Pero ¿qué te está pasando? ¡Reacciona!».

Mientras preparaba la comida, sentía mi sexo cada vez más húmedo y me repetía: «Basta, ya está, ¡reacciona!».

Pasaron unos minutos y él se presentó en la cocina. La verdad es que, bañado, afeitado y con esa ropa, era un verdadero potro. Le dije, casi con una voz sensual que me salió sin querer:

—Siéntate, Martín, espero te guste lo que te preparé.

Él me dijo:

—Huele delicioso.

Y se sentó a la mesa. Yo me senté enfrente y la verdad es que él comenzó a comer en silencio, y yo solo lo miraba embobada. Sentía que mi vagina latía y me repetía a mí misma en mis pensamientos: «Basta, ¿qué te está pasando?». Pasaron unos minutos y hablábamos sobre pavadas sin importancia. Cuando terminó de comer, procedo a levantar su plato y él me dice:

—De ninguna manera, deje por favor, yo levanto todo y lo lavo.

—No, por favor, Martín —respondí.

Él se mantuvo firme, tomó el plato y los cubiertos y me dice:

—No, por favor, ya hizo demasiado por mí; esto es lo menos que puedo hacer.

—Está bien —dije, mientras nos mirábamos a los ojos y yo cada vez sentía más atracción por él, a pesar de que me decía todo el tiempo que era una locura lo que me pasaba.

—Está bien, Martín, ¿yo secaré los platos, está bien?

Él me sonrió y dijo:

—Está bien.

Comenzó a lavar y yo junto a él, como si fuese su hembra presta a ayudarlo. En un momento voy a tomar el repasador para secar los utensilios de cocina y quedo en el medio, entre la pileta y él, pero de espaldas hacia él. Como el espacio no era mucho, siento cómo su bulto se apoya arriba de mi cola y me quedo quietita, y él también. No sé cuántos segundos quedamos así, pero me di vuelta, levanté mi mano y acaricié su rostro mientras le miraba esos labios carnosos. Él agarró mi cintura suavemente y me besó. Yo sentí que se me aflojaban las rodillas y efectivamente caí de rodillas, pero no porque me desmayaba o algo así, sino porque un enorme deseo incontrolable de mamar esa vergota que había visto en la ducha se apoderó de mí, y así fue como se la empecé a chupar. Ya no me importaba nada; mi deseo me ganó totalmente.

Mientras se la mamaba, Martín acariciaba suavemente mi nuca y eso me ponía más loca aún. Él, que ya estaba totalmente excitado, me toma y me pone en la mesada, abre mis piernas y me pone la punta de su miembro en la entrada de mi vagina, y lentamente comienza a entrar en mí.

Yo sentía como un cosquilleo enloquecedor en mi sexo a medida que él la metía más y más. Ahí fue que perdí toda compostura; empecé a decirle que la metiera más y más fuerte, y así fue como me sacudió como un envase de desodorante vacío. Solo debo decir que hasta ese momento no sabía que yo era multiorgásmica. No sé cuántas veces me vine, pero lo que sí sé es que cuando él eyaculó se notaba que hacía rato no la ponía, porque la cantidad de semen fue importante; me llenó totalmente. Quedamos así unos minutos con su miembro dentro mío, y lentamente nos comenzamos a separar en silencio.

Luego le dije muy despacio que me había encantado, y él me dijo que era un sueño hermoso lo que había vivido junto a mí y que no quería despertar.

Así fue que me convertí en la hembra de ese vagabundo casi todos los sábados cuando está cerrado el refugio.


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