Historias adultas reales, El secreto en la arboleda

Este apasionante relato está disponible en formato de audio en dos partes para que disfrutes de cada detalle. Puedes escuchar la Parte 1 en nuestro podcast principal y la Parte 2 en nuestro reproductor exclusivo. Una imponente quinta a las afueras de la ciudad, una fiesta de disfraces donde la identidad se oculta tras las máscaras, y una noche que prometía diversión pero terminó convirtiéndose en una trampa de deseo y confusión. Cuando la fantasía del disfraz de fauno y Campanita se cruza con la realidad, los límites entre la complicidad y el engaño se desvanecen en la oscuridad de los árboles. Una historia de seducción, giros inesperados y encuentros clandestinos que te mantendrán sin aliento de principio a fin.

10/28/20266 min read

Con mi marido fuimos invitados a una fiesta de disfraces que se llevaría a cabo en una imponente quinta situada en las afueras de la ciudad de Cuernavaca. 0.4s Nos tomó, diez intensos días encontrar los atuendos ideales: los que no resultaban demasiado ajustados o enormes, mostraban un evidente desgaste, o bien eran tan simples que no lograban cumplir con nuestras expectativas de originalidad.

Él consiguió un original disfraz de fauno con una máscara de rasgos marcados que evocaban la naturaleza salvaje y enigmática del personaje, adornada con una barbilla en punta y unos majestuosos cuernos. Sumaba una cola peluda a juego con el pelaje de sus extremidades, y un calzado muy logrado: unas zapatillas modernas con forma de pezuña. El conjunto era sencillamente genial, y él lo lucía a la perfección, destacando su porte.
Por mi parte, opté por el disfraz de Campanita —la clásica versión de las historias de Peter Pan—, el cual me quedaba realmente encantador y favorecedor. Para sentirme cómoda y evitar imprevistos con la ligera falda, le adapté un bomba chón deportivo de tipo tenis que cubriera discretamente la tanga, asegurando así total libertad de movimiento sin perder la picardía del personaje......

La logística estuvo meticulosamente organizada: aquel día, mi marido partiría directo desde su trabajo ya enfundado en su disfraz, mientras que yo haría lo propio desde mi oficina, acordando encontrarnos directamente en la entrada del evento.

A la hora indicada, llegué a la recepción. Sin embargo, antes de permitirme el ingreso, las estrictas normas de seguridad me informaron de una regla clave: estaba prohibido el acceso con carteras, teléfonos celulares o cualquier objeto ajeno a la temática; todo debía quedar estrictamente en custodia en el guardarropa. Al verme sin el teléfono en la mano, sentí una extraña sensación de desprendimiento, como si estuviera cruzando un umbral hacia otra realidad. Por ese motivo, apresuré una última llamada a mi marido para ponerlo al tanto de la situación y avisarle que ya había arribado. Él me confirmó que estaba terminando una larga reunión de trabajo y que saldría hacia allí de inmediato.
Una vez adentro, me dediqué a recorrer el predio y absorber la atmósfera del lugar. El murmullo de la música comenzaba a filtrarse entre los pasillos y las luces tenues empezaban a encenderse, creando un clima de absoluta complicidad. Pasada algo más de media hora, tras haber degustado algunos aperitivos y saboreado una excelente copa, decidí caminar hacia una inmensa arboleda situada a unos cincuenta metros de la zona principal, un rincón de árboles imponentes con una paleta de verdes fascinantes y un silencio que contrastaba maravillosamente con el bullicio de la entrada.

No sé cuánto tiempo llevaba paseando entre las sombras cuando lo vi allí: parado, inmóvil, observándome fijamente. El disfraz de fauno le quedaba impecable, potenciando una presencia magnética. Mi corazón dio un vuelco y comenzó a latir con fuerza; estoy profundamente enamorada de él, y la combinación de su aspecto salvaje y nuestra complicidad desataba en mí una corriente de intenso deseo. El aire tibio de la noche mexicana rozó mi piel, erizándome por completo mientras sus ojos se clavaban en los míos. Jugando con la situación y haciéndome la sorprendida, di un leve paso atrás simulando un falso escape mientras emitía un suave sonido de asombro y juego.

—¡Un fauno! ¡Socorro! —grité en tanto corría hacia el interior de la arboleda, simulando un falso escape mientras emitía un suave sonido de asombro y juego.

Al principio no se percató de lo que pretendía, pero al ver mi actitud cayó en la cuenta y, haciéndose el que trotaba, me persiguió. Como si la carrera me hubiera agotado, me detuve: me agarré del tronco de un árbol y repetí mi pedido de auxilio imitando un gritito…

—¡Socorro! ¡Un fauno me quiere violar!

Él llegó trotando a mis espaldas. Giré la cabeza apoyando la mejilla contra la rugosa piel del árbol y lo esperé con ansias.

Sus manos llegaron a mi cuerpo e iniciaron una suave y dulce caricia. Una de ellas se deslizó debajo de la falda, haciendo caer el bombachón y la tanga a lo largo de mis piernas. A los dos nos gusta el juego de la seducción e imaginar aventuras.

—¡Me viola! —volví a exclamar con picardía.

Sentí el glande llegar a mi vulva y me abrí entregándome a la caricia. Duro, poderoso, se abrió camino en mi interior.

—Oh… mi cielo… qué grandote lo tenés hoy… —gemí—. Lo siento más gordo…

La verga seguía penetrándome y mi cuerpo se la devoraba, abriendo su cavidad a pleno. Sí… la sentía muy gruesa y, a medida que entraba, me dio la sensación también de muy larga, más larga de lo de costumbre.

—Mmm… Sí… ah… sí… qué hermosa cogida me estás pegando… sí… ah… uh… está enorme… Hermosa…

La verga entraba y salía acompasadamente de mi cuerpo, haciéndome vibrar de placer. Luego del segundo orgasmo, la sacó y encaró hacia atrás. Al sentirla llegar, eché mi cadera hacia él, dándole totalmente abierto y entregado mi orificio anal.

Un gemido me brotó de la garganta cuando el glande me forzó a abrir aún más mi ya dilatado agujero. Un suave escozor se apoderó de mí cuando vulneró la entrada, y gruesa y palpitante se enterró profundamente.

—Despacito, papito… ah… ah… está muy gorda… me abre mucho el cuerpito… uy… ay… sí… me estás partiendo…

Durante unos cuantos minutos entró y salió haciendo maravillas en mi interior. Cuando la sacó, lo miré y me di cuenta de que deseaba ser complacido, así que me hundí entre sus piernas llevando la verga a la boca.

Sí… Estaba mucho más grande de lo habitual. Hermosa, gruesa, dura, palpitante.

Fueron solo unos minutos los necesarios para que estallara e inundara mi garganta con su calor. Lo limpié con rápidos lengüetazos, me incorporé y lentamente me fui alejando…

—Amor, te veo en la fiesta, me voy a higienizar… ¡Qué hermosa cogida me diste!

Diez minutos después me reincorporé a la reunión.

—Hola, mi cielo… Soy Bond. James Bond.

La voz de mi marido a mis espaldas me sorprendió. Giré para tirarme en los brazos del fauno… y quedé petrificada. Esmoquin. ¡Mi marido vestía de esmoquin!

—¿Qué haces vestido así?

—Te explico… Cuando salí de la reunión y me fui a poner el disfraz, se rompió el cierre y se abrió la costura de uno de los lados… Quedó inservible. No podía avisarte lo que ocurría y no quería perderme venir, así que me detuve a pensar qué me podía poner como disfraz… Y aquí estoy. Soy James Bond.

La sorpresa fue gigante. Pero… ¡¿Quién era el que me había dado semejante revolcón?! Ahí comprendí por qué lo había notado más grande y grueso. Ahí me di cuenta de por qué me había quedado ardiendo. El hijo de puta que me había tomado por sorpresa… ¡no era mi marido!

—¿Te sentís bien? —preguntó mi marido, extrañado.

—Sí… solo estoy… sorprendida…

—Bueno, entonces a disfrutar la noche.

—Sí… claro… —¡Cómo decirle que ya había disfrutado de más!

Se separó de mí no sin antes decirme: —Disfruta como si yo no estuviese. Nos vamos tipo cinco o seis de la mañana, ¿sí?

—Sí, está bien… —Instintivamente miré la hora: las doce y media de la noche.

Confusa, mis pasos me llevaron nuevamente hacia la arboleda. Iba pensando en lo ocurrido; mi mente era un torbellino de ideas y ni cuenta me di de que me había adentrado unos cincuenta metros entre los árboles, hasta que sentí su respiración en la nuca, sus manos recorriendo mi cuerpo y su verga entrando dura, larga y poderosa en mí.

—Ooohhh…

No pude decir más. En segundos subía y bajaba a lo largo y ancho de ese mástil de carne, gimiendo y exhalando hondos suspiros de placer. Uno tras otro, los orgasmos me demolieron. Cuando me dio vuelta y me penetró por atrás, no pude hacer ni decir nada; solo lo dejé entrar y vaciar su contenido en mi interior.

Pero no se detuvo ahí: reinició el bombeo y, tras una larga sesión, volvió a llenarme por completo. Luego sacó su miembro y me lo hizo chupar durante un buen rato. Cuando se alejó de mi lado, estaba destruida, sin fuerzas. Mis piernas temblaban y apenas me sostenían. Me quedé en el lugar hasta que pude recuperar el aliento y, lentamente, me dirigí a la mansión.

Entré en el primer baño y me higienicé. Me quedé sentada en el retrete durante un muy largo tiempo, mirando el reloj: las dos y media de la mañana. El sopor me embotaba el cerebro; estaba cansada, muy cansada.

Salí del baño media hora más tarde y, un rato después, lo vi. El fauno mantenía un diálogo con un joker. Su mirada buscó la mía… Temblé. Su mano descendió a su entrepierna y se acarició el bulto. Me estremecí por dentro y, de forma casi inconsciente, mis pasos volvieron a guiarme hacia la arboleda.

Cuando a las seis de la mañana regresábamos a casa con mi marido, ya ni sabía cómo me llamaba. El misterioso fauno me había poseído reiteradas veces… y yo lo había gozado por completo.

SEGUINOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES

© 2025. All rights reserved.