La apostadora, el precio de la deuda, parte final
Una ama de casa cae en una deuda impagable por algo que era solo una distracción .. aqui te relato el arreglo que hizo para salvar su situación... el relato esta en audio y también escrito.
9/26/202611 min read
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Bueno, el gran momento llegó. A medida que me acercaba a su casa, mi corazón latía más y más fuerte, no por el trote que hacía, sino por el miedo y la vergüenza que sentía. Llegué, toqué timbre y abrió la puerta. Lo noté más grande que de costumbre, no sé si yo lo veía así distorsionado porque estaba con miedo o porque él estaba de remera ajustada y pantalón corto.
Me dijo: —Hola, pasá por favor... ¿cómo estás? Pasé y nos sentamos en el sillón del living... y ahí comencé a hablar de lo que estaba pasando.
Yo hablaba rápido, atropellando las palabras. Le dije que era una estúpida, que había perdido todo de nuevo, que no tenía un peso. Cerré los ojos esperando que me gritara, que me amenazara con embargar mi casa o hablar con mi marido. Pero el silencio se estiró. Cuando abrí los ojos, Pedro me miraba fijo. No había un milímetro de sorpresa en su cara.
Se levantó del sillón. Con esa remera ajustada y su metro ochenta, parecía ocupar todo el espacio del living. Fue hasta un mueble y se sirvió un whisky. —El problema acá no es la plata. Yo te dije que a mí los cinco millones no me cambian la vida. El problema es el papelón que vas a pasar vos cuando tu marido, mi ex compañero de escuela, se entere de que su mujer le patinó los ahorros y los impuestos en la ruleta, y que encima se endeudó a sus espaldas. ¿Cómo creés que va a reaccionar él? Sentí que me faltaba el aire. Él estaba apretando exactamente la herida que más me dolía. —¿Qué hago, Pedro? —le supliqué—. Trabajo gratis para usted, le limpio la casa, le lavo la ropa, lo que sea.
—Lorena, para limpiar la casa le pago a una chica que viene tres veces por semana. No necesito una mucama. Mírate... —Me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas y en mi escote, que subía y bajaba por la respiración agitada—. Sos una mujer hermosa. Entrenás, te cuidás. En el gimnasio veo cómo te miran todos. Sos un desperdicio al lado de tu marido. Se acercó lentamente hasta quedar a centímetros de mis knees. —Yo hace tres años que enviudé. Tengo plata, tengo tiempo, pero a veces esta casa es demasiado grande. No quiero noviazgos, ni dramas, ni enamorarme. Y vos necesitás borrar una deuda de doce meses que te está comiendo la cabeza. Hagamos un trato más simple. Olvidate de los pagarés y de la plata. —¿Qué... qué clase de trato? —tartamudeé, aunque en el fondo de mi vientre ya sabía perfectamente hacia dónde iba. —Tu tiempo por mi silencio y tu deuda —dijo, bajando el tono a un susurro grueso—. Un día al mes. Los domingos. Tu marido se va a pescar o a ver los partidos de fútbol, ¿no? Bueno, los domingos venís acá a las dos de la tarde y te vas a la noche. Sos mi compañía. Cenamos, tomamos algo, y me complacés en todo lo que yo te pida en esa habitación de arriba. Sin límites, sin peros. Hacés eso una vez al mes, y cada domingo que te vas por esa puerta, yo rompo uno de los doce pagarés.
Me quedé congelada. Me estaba proponiendo prostituirme. Vender mi cuerpo para tapar mi vicio. Mi primera reacción lógica debió ser levantarme, darle una cachetada y salir corriendo. Pero no me moví. —¿Y si alguien nos ve? —fue lo único que atiné a decir, asumiendo mi derrota moral. —Nadie te va a ver. Entrás con el auto directo a mi garaje. Las persianas están cerradas. Acá adentro, solo somos un hombre y una mujer haciendo negocios. Hoy es viernes. Tenés hasta el domingo a las dos de la tarde para decidir. Si no venís, el lunes a primera hora hablo con mi abogado que se encarga de mis asuntos de deudas. El fin de semana fue una tortura. Mi marido andaba por la casa arreglando unas cosas, ajeno a todo, mientras yo sentía que tenía una bomba de tiempo en el pecho. No comí, apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Pedro y escuchaba su voz ronca exigiéndome el pago. El domingo amaneció despejado. Como si el destino se estuviera burlando de mí, mi esposo me dio un beso en la frente después de almorzar y me dijo: "Me voy al taller a terminar un motor y después me junto a ver el partido con los muchachos. Vuelvo a la noche, gorda, descansá". Cuando escuché el ruido de la puerta al cerrarse, sentí un escalofrío. La coartada era perfecta. Ya no había excusas.
Fui al baño y me miré al espejo. Estaba pálida. Me di una ducha larga. Mientras el agua caliente me caía por la espalda, recordé que esa misma semana me había hecho la depilación definitiva con la plata que él me había prestado. Qué ironía. Me sequé despacio. Elegí ropa interior negra, de encaje, un conjunto que mi marido no veía hace años porque lo guardaba para "ocasiones especiales". Me puse un jean ajustado y una campera discreta. Quería pasar desapercibida en la calle, pero por dentro sentía que llevaba un cartel de neón que anunciaba a lo que iba. Agarré las llaves del auto y salí. Eran las dos menos cuarto.
Di dos vueltas a la manzana antes de animarme. Finalmente, enfilé el auto hacia su casa. Tal como me había dicho, el enorme portón negro del garaje se empezó a abrir automáticamente apenas me acerqué. Entré y el portón se cerró de golpe a mis espaldas, sumiéndome en la penumbra. El ruido metálico sonó como la puerta de una celda. Ya estaba adentro. Bajé del auto temblando. Pedro estaba parado en la puerta que conectaba el garaje con la casa. Llevaba un pantalón de vestir oscuro y una camisa blanca impecable, desabrochada en el cuello. Tenía un vaso de whisky en la mano y me miraba con esa misma fijeza calculadora del casino.
—Llegaste cinco minutos tarde, Lorena —fue lo primero que me dijo, sin siquiera saludarme—. Pasá. Entré al pasillo. Él dejó el vaso en una mesita, se paró detrás de mí y, sin decir una palabra, me sacó la campera y la tiró sobre un sillón. Sus manos, grandes y pesadas, se quedaron apoyadas en mis hombros. Sentí el calor de su cuerpo en mi espalda y el olor a perfume caro mezclado con alcohol. —Acá adentro te olvidás de quién sos afuera —me susurró al oído, rozándome el cuello con los labios y haciéndome temblar las rodillas—. Hoy no sos la mujer de nadie. Hoy sos la dueña de una deuda, y yo soy el que decide cómo se paga. Me agarró de la cintura con una fuerza que no esperaba para su edad, me giró bruscamente hacia él y me clavó la mirada. —Subí las escaleras. Primera puerta a la derecha. Desvestite y esperame en la cama. Y más te vale que tengas buena actitud, porque todavía te faltan once cuotas más. Subí las escaleras sintiendo que las piernas me pesaban una tonelada. Cada escalón era un latido sordo en mis sienes. Primera puerta a la derecha. Empujé el picaporte de bronce y entré. La habitación no era un dormitorio común. Era un escenario diseñado milimétricamente. Las persianas estaban bajas y la única iluminación venía de unas tiras de luces LED tenues, en tonos cálidos y rojizos, que me recordaron de golpe a la atmósfera hipnótica y fuera del tiempo que tenía el casino en la madrugada. Hacía calor; un calor envolvente, pesado, pensado para que la ropa fuera un estorbo. Pero lo que me dejó sin aliento fueron los espejos. Había uno enorme cubriendo toda la pared lateral, desde el piso hasta el techo, y otro, aún más grande, ubicado exactamente arriba de la cama king size de sábanas oscuras. Quedé petrificada en el centro de la alfombra. Tragué saliva y, con las manos temblando, empecé a cumplir su orden. Me saqué las zapatillas. Luego el jean. Al quedarme solo con la ropa interior de encaje negro, levanté la vista y me miré en el espejo de la pared. Hacía años que no me miraba de esa manera. El reflejo no me devolvía a la Lorena ama de casa, la esposa rutinaria que cocina a horario y mira la tele en silencio. La mujer que estaba ahí frente a mí lucía acorralada, vulnerable, pero con el pecho subiendo y bajando por la respiración agitada. La luz tenue resaltaba las curvas de mi cuerpo, mi piel blanca contrastando con el negro del encaje. Me desabroché el corpiño, lo dejé caer al piso de madera y me quité lo poco que me quedaba. Me acosté lentamente en la cama y miré hacia el techo. El espejo gigante me devolvió la imagen de mi cuerpo completamente desnudo, expuesto sobre las sábanas oscuras, esperando a un hombre que no era mi marido. Y entonces pasó algo que me aterrorizó y me fascinó al mismo tiempo. En lugar de sentir vergüenza o ganas de llorar, sentí una electricidad caliente, un cosquilleo intenso e incontrolable bajando por mi vientre. Mis pezones se endurecieron bajo el aire acondicionado de la habitación. Me estaba excitando. Me excitaba el peligro. Me excitaba verme ahí, totalmente sometida, a punto de ser usada para pagar una deuda. Era exactamente la misma adrenalina venenosa, ese vértigo brutal que sentía cuando la bolilla de la ruleta empezaba a saltar entre los números, pero esta vez, la ficha apostada sobre el paño era mi propio cuerpo. Mis manos, casi por instinto, bajaron a rozar mis propios muslos, sintiendo mi piel ardiendo. Estaba tan hipnotizada por mi reflejo y por el morbo de la situación, que no escuché la puerta abrirse. —Esa es exactamente la actitud que esperaba —dijo la voz ronca de Pedro. Pegué un salto en la cama, pero no atiné a taparme. Ya era tarde para pudores y mi cuerpo, húmedo y vibrante, tampoco quería esconderse. Él estaba parado a los pies de la cama. Se había sacado la camisa. Tenía el torso desnudo, un pecho ancho, macizo, cubierto de un vello entrecano. Era imponente. Se acercó despacio, sin dejar de mirarme a los ojos con esa frialdad que me derretía, y se subió a la cama. Sentí el hundimiento del colchón con su peso, como si la realidad me cayera encima. —¿Te gusta lo que ves ahí arriba? —preguntó en un susurro grave, señalando el espejo del techo, mientras su mano áspera y grande se apoyaba con firmeza en mi cintura desnuda. —Sí... —susurré, con la voz quebrada, incapaz de mentirle. —Qué bueno —sonrió él, acariciando mi cadera con una lentitud desesperante—. Porque quiero que mires bien cada detalle de lo que te voy a hacer. No vas a cerrar los ojos en ningún momento, Lorena. Quiero que veas exactamente cómo se pagan las deudas acá.
Yo me sentía totalmente entregada, pero me sorprendió lo increíblemente excitada que estaba; empezar a tener esta doble vida me volaba la cabeza y decidí no reprimirme más y empezar a hacer lo que sentía o lo que mi cuerpo pedía y le pedían.
Y cuando me dijo a ver lo que sabes hacer, sentí ese desafío como un fuego en mi interior; despertó a alguien que yo no conocía.
Bajé su calzoncillo para ver qué portaba y me sorprendió lo dura que estaba, parecía de piedra, y además de vigorosa se la veía gruesa, pero lo que más me sorprendió fue el tamaño de la cabeza que tenía, parecía una ciruela. Cuando miré al costado vi en el espejo reflejado la imagen de él arrodillado en la cama, y yo con eso frente a mí, que me excitó aún más. Mi boca empezó como a hacerse agua y deseaba tenerla en mi boca, y así lo hice; yo no soy muy buena haciéndolo, pero es como que me desaté. Se la tragué toda; luego le succionaba los testículos, que eran bastante grandes, realmente era un machazo.
Yo para ese entonces no sentía que estaba siendo obligada, sino que ya lo hacía por placer. Él me felicitaba por lo bien que lo hacía y eso me ponía más loca. Luego él me toma con sus manos grandes y me coloca en cuatro; yo esperaba su embestida, sin embargo me pone un plug anal con un pompón de conejita. Luego comenzó a acariciarme todas las caderas, a jugar con el plug y mi cuerpo; yo sentía que mi cuerpo se dilataba y se agrandaba, pero al mismo tiempo me derretía más y más, a tal punto que goteaba mi vagina como nunca lo había hecho. Luego de unos minutos comenzó a sodomizarme; sentí ese pedazo dentro mío, no solo cómo entraba y salía, sino cómo latía, y así fue que tuve mi orgasmo explosivo, como no lo había sentido antes. Él decía: "¡Qué caliente estás, nena! Así me gusta que tengas esa actitud". Yo solo quería más, no me importaba la deuda, mi casa, mi marido; solo pensaba en ese pedazo y en ese cuerpo que me dominaba completamente. Luego me dio vuelta y empezó a llenarme mi intimidad femenina. A pesar de haber tenido mi alegría, mi excitación no bajaba; él se movía y todo ese cuerpo enorme sobre mí, más ese tronco entrando y saliendo, francamente me enloquecía, y más aún por lo que miraba desde el espejo que estaba en el techo.
Luego me puso arriba y lo monté; lo empecé a amasar despacio primero y luego me descontrolé totalmente. Allá fue que tuve otra explosión de alegría femenina y él, al poco tiempo, me depositó su semen en mi interior. Quedamos así un ratito.
Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos pausados de un hombre que acababa de cobrar una cuota. Nadie dijo nada. El silencio de la habitación solo era interrumpido por el zumbido del aire acondicionado, mientras sentía cómo el calor de su cuerpo se movía dentro mío.
Mis manos se apoyaban sobre su pecho marcado, sintiendo la textura de su piel. Él acariciaba mi pelo largo con una paciencia, como quien contempla una propiedad bien administrada. En ese instante supe que ya no había vuelta atrás: esa marca caliente en mi centro no era solo placer, era la prueba física de que yo le pertenecía un domingo al mes.
Pasaron unos minutos hasta que se apartó de mí. Se levantó de la cama con total naturalidad, se puso el pantalón y fue hasta la mesa de luz.
Sacó una caja donde guardaba los documentos de pago, tomó un papel, lo rompió en pedazos y lo tiró a la basura.
—Cuota uno, al día —dijo sin mirarme.
Me levanté despacio, con el cuerpo cansado, y fui al baño de la habitación. Me metí bajo la ducha caliente para lavarme, pero al pasarme las manos por la piel sentí un cosquilleo extraño. Lo que al principio me había parecido horrible, una humillación inaceptable y un castigo insoportable, ahora me dejaba un calor espeso en el pecho. Me sequé, me puse el jean ajustado, la remera y las zapatillas blancas.
Cuando salí del cuarto y bajé las escaleras, el enorme portón automático del garaje ya estaba entreabierto. Subí a mi auto, puse en marcha el motor y salí a la calle, directo hacia la tarde de ese pueblito de Córdoba.
Afuera, los vecinos caminaban tranquilos y los autos pasaban como si nada. Nadie sabía nada. Pero mientras manejaba de vuelta a casa, con las manos firmes en el volante, me di cuenta de la verdad más aterradora: ya no le temía al trato. Al contrario. Faltaban once meses más, y octubre me parecía una eternidad.
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