La apostadora, el precio de su deuda Parte 1

Una distracción inofensiva la llevó a un trato inconfesable. La primera cuota de "La apostadora" ,,AQUI ENCONTRARAS LA PRIMERA PARTE EN AUDIO Y EN STA MISMA WEB ESTÁ LA SEFUNDA PARTE EN AUDIO Y ESCRITA , solo debes ir ala parte de arriba donde estan las tres rayitas hacer clic y entrar en la parte de confesiones donde, ademas, encontrarás otros relatos ecritos y en audio ABSOLUTAMENTE GRATIS

9/26/202615 min read

Hay secretos que pesan como el plomo, y otros que queman las manos como un carbón ardiente. Bienvenidos a Historias y confesiones que merecen ser oídas. Esta noche nos adentramos en los laberintos de la mente humana, allí donde las decisiones más oscuras se toman bajo el parpadeo hipnótico de las luces de neón y el falso perfume de la suerte. Antes de comenzar, recuerda que puedes sumergirte en un archivo exclusivo de historias, relatos y expansiones de este universo visitando nuestra web oficial en confesiones secretas punto com... te dejo el enlace en la descripción y en el primer mensaje fijado. Ponte cómoda o cómodo. Cierra los ojos si lo deseas. Y escuchemos lo que ocurrió aquella noche... contado por quien lo vivió.

—Hola a todos, les envío mi relato de lo que viví por culpa de algo que consideraba una distracción y poco a poco se convirtió en mi rutina diaria.

Yo vivo en un pueblo en medio de la provincia de Córdoba en Argentina, y la verdad, como ama de casa que soy, no hay muchas distracciones que me interesen. Día por medio voy al gimnasio y al único casino que hay en el pueblo, luego el resto del tiempo lo dedico a cuidar la casa manteniendo el aseo, y todo lo que lleva rutinariamente una ama de casa de cualquier lugar del mundo.

Y en verdad, a mis cuarenta y cinco años estaba satisfecha con esa vida... monótona y que algunos pueden catalogar de aburrida y sin ambiciones, pero...

Para mí, el verdadero éxtasis nunca estuvo en el oro físico ni en las joyas acumuladas.

Estaba en el pulso acelerado, casi violento, que golpeaba contra mis sienes cada vez que la rueda comenzaba a girar frente al paño verde en el casino de mi pueblo. Era mi vicio privado, un santuario clandestino que habitaba junto a mi vida conyugal, y esta era una fachada impecable de orden, cenas a horario exacto, conversaciones educadas y un matrimonio formal.

Pero esa tarde noche, la matemática ciega del casino había sido implacable. Casi cruel.

En la madrugada, ya casi a la una, estaba sentada al borde de la cama, en la penumbra de mi habitación, con las manos frías y temblorosas. Sobre la mesita de noche descansaba la cartera abierta, un recordatorio mudo de la catástrofe. Había quemado primero la reserva de emergencia familiar. Luego el fondo intocable destinado a imprevistos. Y, en un arrebato de desesperación matemática por recuperar lo perdido, había tocado lo sagrado: el dinero de los impuestos de la casa.

Estaba destrozada. Las lágrimas no salían. Lo único que recorría mi cuerpo era una mezcla densa de náusea y vértigo. ¿Qué le diría a mi esposo? Las coartadas habituales ya se habían agotado en el calendario de nuestro matrimonio. La mentira de la cartera robada en el supermercado había vencido hacía meses. El cuento del dinero extraviado en un cajero automático ya no resistía ni el más mínimo análisis lógico. E incluso el pretexto de haberle prestado una suma importante a una amiga en apuros lo había utilizado apenas la semana anterior.

El margen de maniobra se había reducido a cero absoluto. Miré el reloj de pared. Eran la una y media de la madrugada. Él dormía profundamente en la habitación contigua, ajeno por completo al abismo financiero que se había abierto bajo los pies de nuestro hogar. Su respiración era regular, tranquila. Yo, en cambio, sentía que el pecho se me cerraba con cada segundo que pasaba. La compulsión, sin embargo, no entiende de lógica ni de ruina. Opera bajo la tiránica ilusión de la revancha. Impulsada por una fuerza casi sonámbula, me volví a calzar el abrigo, salí de la casa sin hacer ruido y regresé al único lugar donde sentía que las reglas del mundo exterior no aplicaban. El salón de juego a esas horas de la madrugada tenía la atmósfera de un purgatorio. Luces tenues, alfombras pesadas que ahogaban los pasos, el zumbido maquinal de las tragamonedas mezclado con el tintineo seco de las fichas.

Caminaba sin rumbo fijo por los pasillos, buscando el milagro numérico que borrara mi deuda, aunque en el fondo ya sabía que no existía, ya que apenas tenía un puñado de billetes de poco valor. Aun así, puse esos billetes en una máquina tragamonedas y pasó lo inevitable: perdí.

Fue entonces cuando lo sentí. Una presencia observándome con una fijeza matemática. Al girar la cabeza, vi a un hombre de unos casi sesenta años de edad, con el cabello entrecano perfectamente peinado, vestido en forma informal, pero impecable, y una sonrisa que no expresaba simpatía, sino un cálculo frío y especulativo. Estaba recostado contra una columna de mármol, sosteniendo un vaso con whisky. Me miraba como si ya conociera cada uno de mis movimientos de las últimas horas.

El hombre de quien les hablo era Pedro, uno de los más adinerados del pueblo. Ya se había retirado de su empresa, la cual se la había dejado a sus dos hijos, y él solo se dedicaba a las distracciones por así decirlo. Su vida era así desde que enviudó hace tres años.

Yo nunca había tenido un trato directo con él, solo a la distancia, ya que siempre contrataba a mi marido para realizar los trabajos mecánicos de los vehículos de su empresa o bien llevaba el suyo particular, o a veces lo cruzaba en el gimnasio pero no cruzábamos palabras, ya que él estaba en la parte de pesas y yo en la sección de máquinas para caminar y bicicletas fijas...

—Parece que hoy la suerte está esquiva —dijo con una voz ronca, casi un susurro a ras de piel que logró atravesar el bullicio del salón.

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral. Quise dar media vuelta e ignorarlo, pero el peso de lo perdido que llevaba en la conciencia me dejó anclada al suelo. —No sé de qué habla —respondí con una frialdad ensayada, aunque la tensión en mi mandíbula me delataba. —Lo sabés perfectamente, Lorena —dijo él, pronunciando mi nombre con una familiaridad inquietante que me descolocó por completo.

—Te estuve observando desde la mesa de ruleta, y vi cómo te fue hoy a la tarde y ahora de madrugada te veo de nuevo. Sé que ya no te quedan reservas para recuperarte. Pero no te preocupes, es solo dinero —me dijo, sin saber que yo por dentro no daba más de la desesperación.

El aire entre ambos se volvió denso, casi irrespirable. Con mucho esfuerzo y tratando de disimular tranquilidad, le dije: —Sí, me fue muy mal hoy, no sé cómo llegué a esta situación, pero bueno, ya me recuperaré... solo que esperaba encontrar a una amiga que siempre viene a esta hora a que me prestara un poco de dinero —le dije casi con una voz tenue, para que nadie me escuchara—. Pero se ve que no está, así que me voy a casa —dije con disimulada serenidad.

Pedro entonces me dijo: —Mirá, yo te puedo prestar dinero si querés, pero firmando documentos de pago, eso solo por formalidad, pero confío en vos. Sé que sos una persona de bien y confiable, aparte lo conozco a tu marido desde que íbamos a la escuela juntos, y ahora que estamos los dos en los sesenta años, me imagino que no querés que él pase un mal momento enterándose de esta mala racha que seguro será pasajera.

Yo hice una pausa para no parecer desesperada por aceptar y le dije: —Ah, bien... ¿y cuánto cobra de interés? —pregunté. —Por ser vos, solo por cómo aumenta la inflación del mes, más un tres por ciento mensual —me dijo con voz serena y tratando de ser amoroso en su tono al hablar.

Había una tensión subterránea en la propuesta. Yo intuía que había de parte de él un juego de poder donde el dinero era apenas el señuelo para algo mucho más profundo, oscuro y peligroso. Pedro no me ofrecía un favor desinteresado; pero yo sentía que me estaba tendiendo un puente sobre el abismo.

—¿Y qué gana usted con esto? —pregunté, reduciendo la distancia entre ambos, con los ojos fijos en los de él, atrapada en una extraña mezcla de miedo y fascinación morbosa. —Yo no gano dinero, Lorena. A mí el dinero me sobra. Solo te vi en problemas y bueno, te ofrezco mi ayuda, no quiero ganar dinero, pero tampoco perderlo, por eso te cobro ese pequeño interés. Pero si no te conviene, olvídate de lo que te propuse y discúlpame por las molestias que te ocasioné.

—¡Espere! —le dije apresuradamente—. Si es así, me vendría bien ya que me permitiría organizar mi economía, ¿me entiende? Como sabe yo no tengo empleo. Si bien mi marido me da lo que necesito, me gusta ganar mi dinero y bueno, había encontrado aquí la oportunidad de hacer algo y siempre o casi siempre lo logro, pero ahora me agarró esta mala racha. ¿Y cuánto me puede prestar usted? —pregunté tratando de disimular mi apuro.

—¿Cuánto dinero necesitás? —me preguntó. —Y para organizarme bien y ordenarme en lo económico necesito 5 millones de pesos —les aclaro para los que escuchen desde otros países, que esa cantidad equivale a tres mil doscientos dólares.

—¿Y en cuántas cuotas pensás devolverlo? —me consultó. —Y para estar tranquila, en 12 cuotas estaría cómodo para mí —dije con aparente firmeza financiera. —Está bien, no hay problemas, te los transfiero ni bien me firmes cada uno de los documentos de pago, ¿te parece? Yo le dije: —Sí, ¿podemos hacerlo lo más pronto posible? Ya que quiero terminar este tema de mi apuro económico lo más pronto posible. —Claro —respondió él—, cuando quieras, firmamos y te transfiero enseguida a tu cuenta.

—Que sea ahora —le dije. —Mirá —me contestó—, te puedo transferir ahora, pero los documentos para firmar los tengo en mi casa. Si querés vamos ahora —me dijo. Yo le respondí: —¡Sí! Pero no quiero que nadie nos vea salir juntos del casino, ya que pueden pensar mal y no quiero que hayan habladurías.

—¡Por supuesto! —me dijo—. Mirá, hagamos así: yo salgo, te espero en mi camioneta a una cuadra de aquí, y en un rato salís y vamos, ¿te parece?

—Me parece bien —respondí. Y así lo hicimos. Él salió, yo esperé como 5 minutos y salí hacia la cuadra en donde él estaría esperándome. Subí a su camioneta y bueno, allí estaba más tranquila, ya que su vehículo tenía los vidrios polarizados y por lo tanto nadie me vería.

Durante el trayecto hablamos de diferentes temas sin importancia, por ejemplo de la situación del país, de la final del mundial que Argentina perdió frente a España, y en un momento me dice: —Yo siempre te veo en el gimnasio. —¿Ah, sí? —pregunté yo sorprendida. —¡Sí! —me dijo—, y en verdad tenés un muy buen estado físico, eh —mencionó con una sonrisita en los labios.

—¡Sí! —respondí—, me gusta entrenar aeróbicos... a mi marido le gusta que me mantenga en buen estado —dije para remarcarle y recordarle que soy casada. —Nosotros pensábamos que tu marido se quedaría soltero hasta que apareciste vos, y la verdad es que fue la envidia del pueblo cuando se casó con una chica 15 años menor. —¿Ah, sí? —dije—, no es para tanto, apenas me lleva 15 años mi marido. —Sí, lo sé —me dijo—, si tenemos la misma edad... recordá que él y yo fuimos a la escuela juntos... aunque nunca fuimos amigos íntimos, tenemos buenos recuerdos. Yo permanecía en silencio, solo acotaba pequeñas cosas como "ah, qué bien", "sí, claro" y cosas así. Y tratando de cambiar de tema le pregunté: —¿Y usted solo hace pesas o hace alguna otra actividad? —Mirá, desde que me retiré del negocio, solo me dedico a tratar de pasarla bien. Voy al gimnasio, voy al casino, a fiestas que me inviten, en fin... cero problemas para mí. Y el gimnasio me hace bien... aparte me ayudó bastante a juntar masa muscular, y bueno, me siento mejor. Y por dentro pensaba, y la verdad que para su edad se veía muy macizo, obvio que no le dije eso para que no pensara mal de mí.

Bueno, la cosa es que llegamos a su casa y entramos. Yo siempre pasaba por ahí cuando iba a correr y la verdad que adentro era imponente, unos muebles preciosos... pero se notaba que vivía solo, ya que habían cosas personales desordenadas dentro del living. Bueno, pasamos a una mesa de su comedor y allí firmé cada uno de los 12 documentos que serían cada cuota de cuatrocientos dieciséis mil pesos por mes. Cuando hice la cuenta, le digo: —¡Pero esto no tiene intereses! —¡No! —me dijo—, no te cobraré intereses, tomalo como un préstamo entre amigos... aparte vos me generás confianza y siendo la esposa de un compañero mío de la infancia... me siento mal si te cobro interés.

—Ah, bueno, entonces... ¿me transfiere? —le dije. —Sí, claro. Ahí agarró su teléfono y me transfirió los 5 millones de pesos a mi cuenta en la billetera virtual de Mercado Pago. Le digo: —Gracias, fue usted muy amable conmigo y realmente ha sido generoso. Él me respondió: —No te preocupes... para eso estamos los amigos, ¿no? —casi sonriendo—. ¿Te llevo a tu casa? —me preguntó. —Sí, claro —dije. Y así lo hicimos... pero le pedí que me dejara a unas cuadras de mi casa. Llegué a casa, entré sin hacer ruido y mi marido dormía como bebé. Eran casi las tres y media de la madrugada. Yo me sentía feliz, obnubilada porque tenía el dinero y podría arreglar el desastre que había cometido, aunque por dentro sentía algo que no podía identificar y eso me molestaba. Pero bueno, después de lo vivido ese día, me fui a dormir tranquila y pude conciliar el sueño.

A la mañana me levanté y bueno, empecé a arreglar mis deudas. Pagué la luz, el gas, el teléfono, otros servicios, el gimnasio, y me hice una depilación definitiva con láser. Y bueno, le compré un regalito a mi marido. En resumen, me sentía feliz. Además, fui a lo de mi amiga Cecilia a devolverle un dinero que semanas atrás me había prestado, y cuando llegué y le pagué me dice: —Parece que te recuperaste en el casino, eh. Yo no quise mentirle y le dije la verdad: —Mirá, ayer me había arruinado, pero apareció alguien ahí y me ofreció un préstamo y bueno, acepté. —¿Qué hiciste? —me dice ella—, ¿a quién le pediste plata? Mirá que hay gente peligrosa que si no le pagas van a tu casa y te arman líos... dale, ¿decime a quién le pediste? Y bueno, le conté. Ella empezó a reír. Y yo, sorprendida, le dije: —¿De qué te reís? —Pero quedate tranquila, Pedro no te va a acosar ni a meterte en líos por el préstamo siempre que pagues... aparte, si no podés, es comprensivo y te muestra salidas... yo he ido varias veces y desde entonces no tengo problemas. Yo quedé sorprendida. Le dije asombrada: —Nunca me contaste que le pedías a Pedro. —Y no, nena —me dijo sonriendo—, pero quedate tranquila, aparte ya vas a ver, te vas a hacer clienta seguida ahí... —mientras reía. Y yo me quedé pensando sin entender a qué se refería precisamente. Bueno, después salimos y cambiamos de tema. Así pasaron unos días. Y bueno, a Pedro lo encontraba bastante seguido... en el gimnasio cada vez que iba, estaba él. Llevaba el auto o la camioneta a cambiar el aceite al taller de mi marido que está al costado de casa, y ahí estaba. Obvio, no decía nada delante de mi marido... pero notaba como una mirada extraña... no sé si era yo que me sentía perseguida o realmente él miraba así a todos.

Bueno, la cosa es que me daban casi 30 días para juntar lo suficiente para la primera cuota y comencé con lo planeado. Mi idea fue pedir un préstamo mayor a lo necesario, ya que cubriría las deudas y con lo restante comenzaría a intentar recuperar las pérdidas anteriores. Aparte, ¿qué podía salir mal? me pregunté. Esta mala racha no puede ser eterna, seguro me recupero y pago todo, más ahora que tengo algo de capital para intentarlo en el casino. La primera semana realmente me fue bien... y yo calculé que en dos semanas, de seguir a este ritmo, realmente recuperaría lo perdido y bastante de la deuda nueva que había contraído con Pedro. La segunda semana fue más difícil... prácticamente ganaba y volvía a perder, casi que no obtuve ganancias, es más, hubo un poco de pérdidas, pero confié en que en la tercera semana levantaría cabeza. Y fue un desastre... no pegaba un tiro en la ruleta, todo me salía mal... tuve pérdidas importantes, pero aún me quedaba resto con lo cual intentaría recuperar. Llegó la cuarta semana y fue horrible, poco a poco perdí todo. Ya en la desesperación en que había caído de nuevo, usé lo que quedaba y fui a todo o nada... me fui con todo al colorado, el veintiuno... era a todo o nada. El disco comenzó a girar, la bolilla de la ruleta comenzó a moverse... mi cuerpo estaba rígido... duro... me transpiraban las manos, comenzó a caer la bolita... picó en el 14, nuevamente cayó rebotando en el 32 y finalmente cayó en el negro, el dos, que está junto al veintiuno. El mundo se me vino abajo, parecía no escuchar nada, solo sentía como que dos manos me estaban apretando la cabeza, el estómago duro, sudor frío por todo mi cuerpo... náuseas... en fin, destrozada. Me levanté de la mesa, me fui hacia la salida y caminé a mi casa sin saber cómo diablos pagaría la deuda que vencía en los primeros días de septiembre. Me senté en el sillón para tratar de encontrar una salida a este nuevo derrumbe. Se me ocurrieron varias ideas, una peor que la otra: pedir un nuevo préstamo a una financiera local, vender algunas cosas mías... pero todo era un error. Si pedía más plata, mi marido se enteraría, ya que yo no tenía recibo de sueldo. Si vendía mis cosas, mi esposo se daría cuenta. A mis familiares, ni loca les pido. A mi amiga Cecilia... ella me prestaría, pero era poco dinero lo que podía darme y yo tenía una deuda enorme. ¿Qué hago? me pregunté y no había una sola respuesta en mi cabeza. Me dispuse a preparar la cena a mi marido que vendría del taller mecánico y así lo hice. Llegó mi esposo y me dice: —¿Pasa algo? —No, ¿por qué? —pregunté. —Porque la tele está apagada, no hay música... nunca estás en silencio. —No, nada —respondí—, solo me duele un poco la cabeza. Cenamos y yo no dije una sola palabra. No podía hablar... solo pensaba y pensaba en ese último momento en el que cayó el 2 al lado del número que yo había apostado... tan cerca, pero tan lejos al mismo tiempo. Bueno, terminamos de cenar, me di un baño y me acosté dando la excusa del dolor de cabeza.

Al otro día me levanté y llamé a mi amiga Cecilia. Le dije que tenía que hablar. Ella me dijo que sí, que me esperaba en su casa. Yo francamente necesitaba descargar con alguien lo que me estaba pasando, y ella era la única que podría hacerlo. Fui a su casa y, casi llorando, le conté detalle por detalle de lo que había pasado y en la situación en la que me encontraba. Ella me preguntó: —¿A alguien más le debés? ¿Estás al día con las cuentas de la casa o usaste la plata de tu marido? ¿Solo le debés a Pedro o a muchas personas más? —Solo le debo esa cantidad enorme a Pedro, a nadie más. —¡Ah, bueno, no te preocupes entonces! —me dijo—, esto se arregla. —¿Cómo? —dije—. Le debo a Pedro más de cuatrocientos mil pesos, son 12 cuotas y no tengo un peso para pagarle... ¿qué haré? —Mirá, Lorena... Pedro te va a entender bien, y seguro que te dará una salida o le encontrará la vuelta... no te preocupes... yo misma he estado en esa situación y he ido a verlo y hemos arreglado. Así que no te preocupes —me dijo. —¿Cómo arreglaste? ¿Te cambió las cuotas? ¿Te refinanció? ¿Te hizo un descuento? Dale, contame. —Mirá, solo te voy a decir que no te preocupes y cuando empiece septiembre llamalo y decile que querés hablar con él y le contás, vas a ver cómo te soluciona todo. Bueno Lore, te tengo que dejar, ya sale el nene de la escuela y tengo que ir a buscarlo... solo te digo: no te preocupes... ya vas a solucionar este lío.

Me fui a casa con más dudas que certezas, pero bueno, no me quedaba otra. Pasó la semana y en mi cabeza no había otra idea más que la deuda y la deuda. Por ahí pasaba por la agencia de lotería y jugaba con el vuelto que me quedaba de los mandados, a ver si por obra de la fortuna sacaba un premio que me salvara, pero... ¡nada! Se ve que la mala suerte me perseguía. Llegó septiembre y el día viernes cuatro lo llamo a Pedro y le digo si estaría en su casa a las seis de la tarde, ya que a esa hora salgo a correr y paso cerca. Me dijo que sí, y quedamos en que yo pasaría. Nunca le dije que no tenía un peso para pagarle y que estaba hundida... se lo diría frente a frente.

Bueno, el gran momento llegó. A medida que me acercaba a su casa, mi corazón latía más y más fuerte, no por el trote que hacía, sino por el miedo y la vergüenza que sentía. Llegué, toqué timbre y abrió la puerta. Lo noté más grande que de costumbre, no sé si yo lo veía así distorsionado porque estaba con miedo o porque él estaba de remera ajustada y pantalón corto.

Me dijo: —Hola, pasá por favor... ¿cómo estás? Pasé y nos sentamos en el sillón del living... y ahí comencé a hablar de lo que estaba pasando.

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